Un metamodelo para la narración polivalente (Parte 6) – Estudio Bíblico

VI

“El repertorio comunicativo total del hombre consta de dos tipos de sistemas de signos: el antroposemiótico, es decir, aquellos que son exclusivamente humanos, y el zoosemiótico, es decir, aquellos que pueden mostrarse como productos finales de series evolutivas”.

Sebeok luego (619-620) distingue los sistemas antroposemióticos en:
“dos tipos: primero, el lenguaje, más aquellos para los cuales el lenguaje proporciona una base integradora indispensable; y en segundo lugar, aquellos para los que el lenguaje se piensa simplemente, y quizás erróneamente, para proporcionar una infraestructura, o al menos un modelo analítico para ser copiado aproximadamente”.

Sugiere que el mito y el ritual son ejemplos básicos de esta distinción. Tercero (622), mientras que la relación de la lingüística con la semiótica todavía está abierta a discusión,

“No puede haber generalizaciones fáciles que abarquen tanto el lenguaje como los muchos sistemas zoosemióticos bien identificados que se encuentran en el hombre, como los mecanismos territoriales, incluidos los temporales, de espacio que comparte con el resto del mundo orgánico”.

Sin embargo, a pesar de esta advertencia, Sebeok está dispuesto a aventurar una generalización, presumiblemente no fácil, hacia futuras investigaciones. Cuarto, entonces (623):

«Está muy claro incluso ahora que el código genético debe considerarse como la más fundamental de todas las redes semióticas y, por lo tanto, como el prototipo de todos los demás sistemas de señalización utilizados por los animales, incluido el hombre».

Estas cuatro citas tendrán que ser suficientes como introducción al estado actual de la investigación semiótica. Otras divisiones y distinciones, problemas y posibilidades (Mulder y Hervey) pueden quedar entre paréntesis por ahora.

3.2 Semiótica de inicio de sesión

A partir de la tríada semiótica básica de emisor-signo-receptor, la semiótica se ha dividido en una segunda tríada de pragmática (emisor-receptor), sintáctica (signo-signo) y semántica (¿signo-?). Ese signo de interrogación proclama el abismo ontológico en el seno de la semántica y por ende de la semiótica, y es por este problema que es necesario postular, como he hecho, la prioridad ontológica del juego sobre la semiosis.
Mire de cerca el signo en sí mismo, abstrayendo por un momento del emisor y el receptor, y en tres pasos. Primer paso. Charles Morris (1971: 19-21, 83-84, 416-417) distinguió (20) el «vehículo de signo» de su «designatum» o «denotatum».

Los “designatum de un signo es el tipo de objeto al que se aplica el signo, es decir, los objetos con las propiedades que el intérprete tiene en cuenta a través de la presencia del signo vehículo. Y la toma en cuenta puede ocurrir sin que haya realmente objetos o situaciones con las características que se toman en cuenta… No surge ninguna contradicción en decir que todo signo tiene un designatum pero no todo signo se refiere a un existente real. Donde aquello a lo que se hace referencia existe realmente como referido al objeto de referencia es un denotatum. Por lo tanto, queda claro que, si bien cada signo tiene un designatum, no todos los signos tienen un denotatum”.

Por tanto, hay una doble distinción de signo//designatum/denotatum.

Segundo paso. Ferdinand de Saussure (66-67), en efecto, colapsó esta doble distinción fuera del signo en una sola distinción dentro del signo.

“el signo lingüístico une, no una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen sonora…. Propongo conservar la palabra signo [signe] para designar el todo y sustituir concepto y sonido-imagen respectivamente por significado [signifié] y significante [significante]; los dos últimos términos tienen la ventaja de indicar la oposición que los separa entre sí y del todo del que son partes.”

Es claro que el referente, sea designatum o denotatum, ha desaparecido dentro del signo. Así, por ejemplo y en consecuencia, Roland Barthes (1972:205) puede decir que,

“Todo signo incluye o implica tres relaciones. Para empezar, una relación interior que une su significante a su significado; luego dos relaciones exteriores: una virtual que une el signo a un reservorio específico de otros signos de los que puede extraerse para insertarse en el discurso; y uno real que une el signo a otros signos en el discurso que lo precede o lo sucede”.

Relaciones interiores y exteriores, por supuesto, pero todas dentro de los signos. No se menciona ninguna relación entre signo y referente, sin embargo, sólo entre signos y otros signos.
Tercer paso. Jacques Derrida (1970:250) nos ha desafiado a enfrentar la (im)posibilidad de colapsar incluso esta distinción de significante/significado.

Si se admite, como se sugirió en la sección inicial de este artículo, que, “no hay significado trascendental o privilegiado y que el dominio o el juego de la significación no tiene, en adelante, límite, debe extender su negativa al concepto y a la palabra signo misma, que es precisamente lo que no se puede hacer.

Pues la significación «signo» siempre ha sido comprendida y determinada, en su sentido, como signo de, significante que se refiere a un significado, significante diferente de su significado. Si se borra la diferencia radical entre significante y significado, es la palabra significante misma la que debe ser abandonada como concepto metafísico.”

Si tomamos en serio estas palabras de Derrida debemos, por lo menos, considerar que la semántica se involucra no con la relación de signo-referente (designatum o denotatum) sino con la de signo-sistema y sistema-semiosis.

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