Su historia versus su historia: genealogía masculina y estrategia femenina en el ciclo de Jacob (Parte 4) – Estudio Bíblico

IV

Al usar el atuendo de Esaú, Jacob hace suya la marca distintiva de Esaú, es decir, su “manto peludo rojo”. La bendición de Isaac asegura la superioridad de Jacob sobre su hermano, y la prenda se vuelve el significante de la prominencia de Jacob. De manera similar, cuando Jacob le da a José una túnica larga con mangas, simboliza la superioridad de José; y, cuando el manto ensangrentado se devuelve a Jacob, señala la eliminación de José de la línea de sucesión.

En Egipto, sus hermanos bien pueden inclinarse ante él, pero no es la descendencia de José lo que asegurará el poderío del pueblo de Israel. Esa tarea, como sabemos, será asumida por el descendiente de Judá, pues Rubén, el mayor de Jacob, tuvo relaciones sexuales con Bilha, la concubina de su padre (Gén 35:22), revelándose así indigno de la confianza de su padre.

Por lo tanto, es apropiado que en su bendición a sus hijos, Jacob distinga a Judá, su heredero elegido, por su vestido rojo, otorgándole así, aunque metafóricamente, el marcador simbólico del legado genuino. Judá, nos dice Jacob, “lava sus vestidos en el vino y su ropa en la sangre de las uvas” (Gn 49,11). En Génesis, la línea de descendencia de Jacob se detiene con la descripción del nacimiento de Pérez y Zera; el hecho de que no sea Zera sino Pérez quien se menciona en la ascendencia de David (Mateo 1:3) sugiere que las rivalidades entre hermanos características del ciclo de Jacob continuaron más allá de los eventos relatados en Génesis.

Sin embargo, dado que el eventual ascenso de Pérez se encuentra fuera del contenido de Génesis, no juega ningún papel en los procesos narrativos que se desarrollan en el ciclo de Jacob. Para Michael Fishbane (38), el poder del ciclo de Jacob es que “personaliza las tensiones y dialécticas que también se cristalizan a nivel nacional en puntos posteriores: la lucha por la bendición; la amenaza de discontinuidad; los conflictos entre y dentro de las generaciones; y la lucha por el nacimiento, el nombre y el destino”.

En el ciclo de Jacob, las prendas forman el subtexto que sustenta estas preocupaciones. De Jacob a José, de Judá a Zera, el hilo rojo establece un orden de filiación, un cordón umbilical metafórico que relaciona directamente, sin la mediación de la mujer, padre a hijo a nieto.

Como ilustra el episodio de Judá y Tamar, en tal sistema lo que importa no es quién da a luz al niño sino la identidad del padre. En esta genealogía marcada por hombres, las mujeres no tienen voz. Su papel es estrictamente biológico. El útero como lugar de origen relevante es reemplazado por la autoridad del progenitor, y la clasificación de los hermanos se convierte en una prerrogativa del padre. Por lo tanto, no sorprende que Jacob favorezca a José no porque sea el primogénito de su amada Raquel, sino porque José es “el hijo de su vejez” (Gn 37,3).

Siguiendo el camino de Claude Lévi-Strauss, Judah Goldin (44) nos recuerda que las historias funcionan un poco como los mitos porque proporcionan canales aceptables para la expresión del descontento:
La ley de Dios no puede ser abolida, y además, en su mayor parte, la sociedad asiente a sus términos porque sin éstos habría caos. ¡Pero los resentimientos son, no obstante, reales! ¿Cómo son estos para encontrar una salida?

Por cuentos populares y folclore. Aquí no se hace ningún ataque frontal a la ley divina. Esa es la política de rebelión. Pero en los cuentos y las fábulas se invierte el orden del mundo sin renunciar al establecimiento que brinda protección. Esta es la venganza de los débiles contra los fuertes.

Para Judah Goldin, “la venganza de los débiles contra los fuertes” se refiere al tema de la rivalidad fraterna y el triunfo de los más jóvenes. Para ser contado una vez más entre los hijos de Jacob, José usa un objeto personal como estratagema para forzar el reconocimiento. La copa de adivinación de plata que ha colocado en el saco de grano de Benjamín (Gén 44:2) sirve como excusa para que sus hermanos se presenten ante él para que pueda revelarles su identidad.

La estratagema de José recuerda las estratagemas de Rebeca, la esposa de Potifar, y Tamar, quienes, como él, usan objetos como dispositivo mediador para sus propios fines personales. La rivalidad entre hermanos y la consiguiente importancia del vínculo entre padre e hijo borran el privilegio del rango entre las esposas y reducen la función de la mujer estrictamente a su función reproductiva. En un sistema patriarcal de este tipo, las mujeres siguen siendo necesarias, pero siguen siendo forasteras.

Cuando Rebeca, la esposa de Potifar, o Tamar utilizan una prenda para sus propios fines personales, no crean una perturbación gratuita en el orden de las cosas. Aunque en un mundo bajo la guía divina se puede decir que sus acciones actualizan la voluntad del Señor, estas acciones también pueden verse como la expresión del resentimiento y la rebelión de las mujeres.

Cuando Rebeca sugiere que Jacob tome el lugar de su hermano, o cuando la esposa de Potifar trata de seducir a José, o cuando Tamar llama la atención sobre la descendencia de Judá, su interferencia rompe el diálogo exclusivo padre-hijo y fuerza el reconocimiento de su presencia.

Por lo tanto, no es de extrañar que, en el ciclo de Jacob, las mujeres utilicen prendas de vestir, que son los marcadores simbólicos de la relación padre-hijo, para reinscribirse en el sistema patriarcal.

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