Sobre los modelos y métodos (Parte 1) – Estudio Bíblico

I

Entre la variedad de estudios recientes que examinan el área general de la interpretación bíblica, uno de los libros más honestos y de mayor alcance que se concentra específicamente en cuestiones de método es el libro de Robert Morgan Biblical Interpretation (Oxford University Press, 1988), escrito en colaboración con John Barton. Gran parte de este trabajo está dedicado a defender la inadecuación de un paradigma puramente histórico en los estudios bíblicos.

En términos más positivos, todo es ganancia al involucrarse en una interacción más completa y más seria con otras disciplinas, tanto teológicas como no teológicas. En particular, el paradigma del estudio literario constituye un «avance» en términos de la apreciación del texto por parte del lector. Alrededor de estas preguntas más específicas hay una más amplia sobre el punto de vista del intérprete y de la comunidad interpretativa.

Robert Morgan escribe: “El objetivo constructivo de este libro es hacer explícito un modelo para salvar el abismo entre la erudición crítica y la fe religiosa” (p. 25). Por un lado, argumenta, no podemos retirarnos de una agenda académica pública y de luchar con cuestiones de «teoría» general que reflejan los lugares en los que se encuentra la modernidad humana. Por otro lado, no podemos pasar por alto el hecho de que la Biblia se refiere a la religión humana.

Para abordar con más detalle algunas de estas cuestiones, conviene precisar con más precisión algunas de las tesis positivas y negativas que defiende Robert Morgan. Primero, una de las tesis más importantes del libro se refiere a la distinción crucial entre métodos históricos y objetivos históricos. Morgan escribe: «El paso de usar métodos históricos a definir los objetivos de la erudición bíblica en términos exclusivamente históricos lo pone en desacuerdo con los intereses de la mayoría de los demás lectores y estudiantes de la Biblia» (p. 171).

Morgan reitera el punto en su conclusión final: «La polémica implícita aquí se dirige… contra la suposición acrítica de que la inevitable prominencia de los métodos históricos en el estudio de estos textos antiguos significa que los objetivos históricos son los únicos respetables» (p. 287) . Es bastante correcto suponer que, para alcanzar una comprensión madura de la mayoría de los textos bíblicos, debe continuar el proceso de reconstrucción histórica crítica.

Morgan ilustra este punto con referencia a la historia de la interpretación bíblica. Se podría haber hecho el mismo punto sobre la base de una teoría del significado. El significado no puede restringirse simplemente a los signos lingüísticos del texto, ya que surge de la interacción entre estos signos y los procesos de vida en los que están incrustados.

Este principio está bien expresado por Werner G. Jeanrond. Él escribe: “El significado individual de las expresiones lingüísticas no está determinado únicamente por la elección de las palabras o por la forma en que se estructura la oración, sino también por el contexto en el que se inserta una expresión. Esta incrustación se produce a través del contexto lingüístico, por un lado, y, por el otro, a través de la situación de comunicación que también es constitutiva del significado.’1

Una cosa es permitir que la reconstrucción histórica responda a preguntas sobre el significado y la función del texto. Pero, como insiste acertadamente Morgan, otra cosa es reducir todo el estatus y la función del texto al de una herramienta para el propósito de la reconstrucción histórica.

Esto es simplemente para hacer que los escritos bíblicos parezcan una versión de segunda clase de algunos de los libros estándar sobre historia bíblica que fueron escritos por John Bright, F.F. Bruce, y muchos otros. Morgan plantea la hipótesis de que el uso de la palabra alemana ‘tareas’ (Aufgaben) puede haber permitido que la distinción entre ‘métodos’ y ‘objetivos’ se volviera borrosa en el trabajo de pensadores como Wrede y Wellhausen.

Aquí, sin embargo, Morgan es juicioso al desentrañar los roles respectivos jugados por los diferentes objetivos de los diferentes intérpretes bíblicos. Es un tema de su libro que «Algunos desacuerdos sobre lo que la Biblia significa no provienen de oscuridades en los textos, sino de los objetivos contrapuestos de los intérpretes» (p. 8). Pero hay un lugar, argumenta correctamente, para las diferencias de objetivos.

En el contexto de la obra de Reimarus, por ejemplo, podemos desear reexaminar el material bíblico en términos de su estatus como testigo de ciertos milagros o del evento de la resurrección. Pero esta es solo una forma particular entre otras de ver la función de los textos bíblicos.

Cuanto más permitimos que esta forma particular monopolice nuestra atención, más permitimos que se desarrolle una brecha entre los métodos racionales y las conclusiones de la erudición bíblica y la forma en que los creyentes usan sus escrituras para informar y nutrir la fe religiosa. La tarea de la interpretación teológica es sanar esa brecha y mantener unidas la fe y la razón” (p. 174).

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