Nota crítica (Parte 3) – Estudio Bíblico

III

La cuestión no es, pues, exclusiva o simplemente la autonomía del relato en el Buen Samaritano (Via, 1974:3.1), sino la forma en que el relato desencadena la imaginación contestataria. Y esta pregunta requiere una respuesta además de si la cuestión del prójimo planteada al final de la parábola es parte integral de la historia o no.

Una forma en que las parábolas narrativas precipitan el juicio del oyente es establecer respuestas contrastantes que incitan al oyente a tomar partido en la historia. La tentación de tomar partido es particularmente fuerte porque las parábolas primero refuerzan la visión cotidiana de la realidad al exagerarla o caricaturizarla, y luego ofrecen algún tipo de crítica cómica que apela a un elemento latente en la audiencia. La parábola, por lo tanto, tiende a polarizar a los oyentes a lo largo de las líneas sugeridas por las respuestas contrastantes de R1 y R2 (cf. §2).

Las líneas a lo largo de las cuales tiene lugar la polarización deben estar señaladas por un código inequívoco en la narración; al igual que los marcadores de carretera a lo largo de la interestatal, deben ser legibles de un vistazo. Entonces tenemos parejas como levita, sacerdote/samaritano, trabajadores contratados primero/último, invitados/no invitados, etc. El desarrollo narrativo de la polarización, sin embargo, puede permanecer relativamente no explícito, o puede extenderse explícitamente. El hijo pródigo es un ejemplo de parábola totalmente explícita en este sentido: la respuesta de ambos hijos está totalmente elaborada a su vez.

En la Gran Cena, en cambio, la respuesta de los invitados se limita a las excusas; no se les permite una escena de reconocimiento, y a los no invitados solo se les da un papel pasivo. La diferencia en lo explícito es correlativa con el grado de imaginación requerida para responder: en El pródigo los oyentes tienen las opciones explicadas para ellos; solo tienen que esperar y elegir, por así decirlo. En la Gran Cena, la elección real no se explica en detalle; de hecho, la parábola termina antes de que el oyente sienta que se ha hecho una elección. La forma en que el oyente resuelve su relación con las opciones planteadas por la parábola se deja principalmente a su imaginación privada.

El Siervo Despiadado es como el Pródigo en ser totalmente explícito; el Buen Samaritano es como la Gran Cena en que no es explícito. Y estas características tienden a estar correlacionadas con otras características, como la causalidad secuencial (§5). El análisis de Via toma como axiomático que la parábola narrativa es por definición una narración totalmente explícita. Encuentra problemático el “vacío” de la Gran Cena por esa razón (1971: 179f.): no está preparado para conceder que las estructuras profundas de una narración no necesitan expresarse cada vez que se particulariza.

El orden en que ocurren las respuestas en la narración también contribuye a la explicitación o no explicitación. En El pródigo y el Siervo despiadado, el acto de gracia (y su recepción) precede a la acción trágica: el oyente tiene la ventaja de saber lo que se le ofrece antes de que se le dé la oportunidad de rechazarlo. En la Gran Cena y el Buen Samaritano, por otro lado, el encuestado que hace lo que se “espera” (Funk, 1974) rechaza lo que puede ser tomado como una oferta u oportunidad poco clara; prefiere esperar y ver qué pasa. Luego, la narración le cierra otras posibilidades, sin darle la oportunidad de reconsiderar. Solo cuando llega la segunda respuesta, queda claro que calculó mal en primer lugar. Este tipo de narración es relativamente no explícito al invitar al oyente a tomar partido en el camino.

Me inclino a considerar la narración no explícita como una forma más poderosa de la parábola. La parábola no explícita le da a su metáfora raíz la mayor libertad para el reclamo interpretativo, y el oyente es absorbido de manera más completa, sorprendente y desprevenida por lo no explícito. La parábola explícita limita el alcance de su afirmación al llevar más de su horizonte interpretativo a lo largo de la narración. Por lo tanto, me veo obligado a estar en desacuerdo con la evaluación de Via de la Gran Cena como «menos cercana al lenguaje poético preconceptual» (1971: 183).

8. No es posible retomar el problema de la metáfora, planteado tanto por Crossan (1974a) como por Via (1974). Estoy de acuerdo con Crossan en que la parábola del buen samaritano no tiene nada que ver con la cuestión del prójimo. La inclinación de Via a aferrarse a la categoría de “historia de ejemplo” va de la mano con una cierta propensión a leer las parábolas alegóricamente, aunque de forma muy moderada. Por otro lado, Via tiene razón al acusar a Crossan de negligencia metafórica (1974:3.4 con referencia a Crossan, 1974a:304) cuando quiere interpretar las parábolas a la luz del discurso no parabólico de Jesús.

Si Crossan no ha retirado ese punto (1974c: 3.0), espero que me haya perdonado por no leer la Gran Cena de manera no metafórica (1974: 305, n. 2). Por mi parte, sigo adhiriendo a la opinión de que las parábolas genuinas deben leerse metafóricamente, pero no literalmente metafóricamente

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