Metáfora joánica: significado y función: un estudio de caso literario de Juan 10:1–8 (Parte 9) – Estudio Bíblico

IX

La primera observación pertinente al género de las imágenes es el simple hecho de que al lector se le pregunta implícita o explícitamente hacer una comparación en cada una de las figuras del pasaje. Se le pide al lector que compare a Jesús con la entrada al redil, con el pastor que cuida y atiende a las ovejas, y con el hijo obediente de un padre amoroso. Se invita a la comparación entre la vida bajo el cuidado de Jesús con la vida en el redil bajo el cuidado de un pastor responsable y devoto. En contraste, las amenazas que acosan al lector se comparan con personas ilegítimas que entran en el redil: un ladrón, un salteador y un asalariado a quienes no les importa si las ovejas se dispersan y se matan.

Pero, ¿cuál es el carácter de estas comparaciones? Nuestra respuesta se ve obstaculizada por el desacuerdo sobre el uso correcto de palabras como «imagen», «símil» y «metáfora». estudiosos han afirmado es el carácter metafórico de al menos algunas de las parábolas de Jesús. ¿Funcionan las imágenes para el lector de una manera comparable a las parábolas sinópticas?

Es la identificación de la parábola y la metáfora, sugiere Bernard Brandon Scott, lo que ha desencadenado una nueva apreciación de las parábolas sinópticas.26 Esa nueva apreciación se basa en la comprensión de la metáfora como algo más que una ilustración o un simple dispositivo de enseñanza. Las metáforas parabólicas son, en la clasificación de Philip Wheelwright, un lenguaje tenso usado “diafóricamente” (Wheelwright: 78–79; cf. Scott, 1989: 61).

Es decir, la metáfora es indispensable a la verdad que transmite. La verdad está “en ya través” de la imagen misma. No es un instrumento “de usar y tirar” (una “epífora”) para comunicar una verdad conocible independientemente de la metáfora misma. “La parábola como metáfora exige que nunca se elimine la parábola… No podemos afirmar lo que significa una parábola, porque no tiene significado separado de sí misma” (Scott, 1989: 15).

John Dominic Crossan ha avanzado en esta comprensión de la metáfora poética al distinguir aún más entre los dos tipos de metáforas. No se elige la metáfora poética como medio de expresión, escribe Crossan, sino que la verdad recibida es la metáfora misma, de modo que de la metáfora no se puede extraer ningún resumen discursivo de esa verdad.

La tesis es que la metáfora también puede articular un referente tan nuevo o tan ajeno a la conciencia que este referente sólo puede captarse dentro de la metáfora misma. La metáfora contiene aquí una nueva posibilidad de mundo y de lenguaje, de modo que cualquier información que uno pueda obtener de ella solo puede ser recibida después de haber participado a través de la metáfora en su nuevo y extraño mundo referencial… esta primacía de participación sobre y antes de que la información sea más importante. profundamente relevante (Crossan, 1973:13; cf. McFague, 1975:49).

En consecuencia, hay que hablar de dos tipos de metáforas: aquellas en las que primero se recibe una información que permite participar en la metáfora y aquellas “en las que la participación precede a la información de modo que la función de la metáfora es crear participación en el referente de la metáfora” (Crossan , 1973: 14; cf. Funk, 1982: 34). Una “metáfora verdadera”, insiste Crossan, es del segundo tipo. Jesús usó tales metáforas para abrir el mundo de sus oyentes con un mundo nuevo (Crossan, 1973: 27). Robert Funk ha afirmado que una metáfora, por la yuxtaposición de dos entidades discretas y no del todo comparables, produce un impacto en la imaginación e induce a una visión de aquello que no puede ser transmitido por el habla prosaica o discursiva (Funk, 1966:136).

Sobre la base de una experiencia de respuesta del lector sobre ellos, ¿podemos decir que las imágenes de Juan 10:1–18 son tales metáforas poéticas? ¿Son “verdaderas metáforas” o comparaciones más prosaicas? A menudo se ha pensado que este último es el caso. La erudición juanina se ha referido a figuras como estas como mashal28 o como «alegorías».29

Ha habido una preocupación por distinguir las figuras utilizadas en el cuarto evangelio de las de las parábolas sinópticas, intentando correctamente proteger el carácter distintivo. de las representaciones joánicas y sinópticas del mensaje de Jesús.

Aun así, está claro que en las imágenes de Juan 10:1–18 hay una serie de comparaciones notables e incluso sorprendentes. Cuando el comentarista trata de resumir el significado de las cifras, los resultados son insignificantes y, a veces, casi cómicos. Las figuras desafían nuestros intentos de traducirlas a un lenguaje discursivo. Llevan su propia verdad que se resiste a la generalización.

Evocan en el lector una participación que a su vez nutre un “saber” muy diferente al de la metáfora ilustrativa, del que se prescinde una vez cumplida su función. Las figuras invitan al lector al rebaño de Jesús, para compartir allí una intimidad con el pastor y beneficiarse de la protección de las fuerzas amenazadoras que la rodean sobre él.30

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