Metáfora joánica: significado y función: un estudio de caso literario de Juan 10:1–8 (Parte 8) – Estudio Bíblico

VIII

El versículo 6 advierte al lector que el peligro de no comprender las imágenes es real y amenazante. El lector está a punto de identificarse con aquellos que carecen de la intuición para captar el significado de las imágenes, en el precipicio de la identificación con la incredulidad. En cierto sentido, el lector se convierte en víctima del autor implícito en este punto. “La victimización del lector implícito” es una estrategia frecuente en el cuarto evangelio. Es una estrategia que obliga al lector, aunque sea momentáneamente, a salir de su condición de interno y pasar a ser un extraño.

En este caso, la trampa del lector se logra al permitirle creer que ella o comprende la imagen, sólo para ser confrontado con la siguiente imagen que desafía la primera comprensión. El lector llega al pasaje con cierta confianza, equipado con la narración anterior (sobre todo el prólogo, 1:1–18). Entonces, el peregrino lector de la narración ha sido llevado a sentir que él o ella tiene la clave crucial para comprender las enigmáticas palabras de Jesús y, por lo tanto, está disociado con la incomprensión y la incredulidad de los personajes de la narración. Pero en el caso de las sucesivas imágenes de nuestro pasaje, se cuestiona la confianza en esa comprensión y disociación.

Por lo tanto, el autor implícito crea una situación de suspenso. ¿Sucumbirá el lector al malentendido? Las enigmáticas imágenes evocan una sensación de conflicto. Es un conflicto que empuja al lector en busca de la resolución del conflicto. Las imágenes toman al lector con la guardia baja y lo incitan a aclararse. A diferencia de otras partes de la narración, el autor o narrador implícito no revela inmediatamente el significado de las palabras de Jesús (p. ej., 2:21–25).

Por otro lado, el escenario del pasaje sugiere claramente que son los extraños, los fariseos y los judíos incrédulos, quienes no logran captar el sentido de las imágenes. El lector se complace en saber (hasta cierto punto) la clave de las imágenes que los personajes de la narración no tienen. El lector es victimizado por las imágenes, pero no alienado. Ella o él posee suficiente comprensión para continuar en el viaje de la lectura con la confianza de que el narrador será fiel en llevarlo a un entendimiento armonioso con el narrador de la historia, tal como lo ha hecho anteriormente esa figura alusiva.

Por lo tanto, las imágenes crean una tensión entre la falta de comprensión del lector y su completa identificación con los opositores de Jesús. Si bien no debilita al lector, el autor implícito lo mantiene desconcertado al desafiar cualquier presunción y aniquilar cualquier complacencia. Esta estrategia mantiene al lector cerca del narrador, aferrándose a los faldones del narrador, si no en el seno del narrador. Funciona para llevar al lector más adentro de la narración en busca de una resolución sin destruir por completo la relación que el narrador ha establecido con el lector implícito.

La aprehensión de las imágenes por parte del lector es, por lo tanto, una experiencia tanto afectiva como cognitiva. No es simplemente una confusión cognitiva lo que provoca la serie de imágenes de nuestro pasaje (aunque eso seguramente forma parte de la estrategia), sino también una inestabilidad emocional. La sensación de perder el equilibrio, de ser arrojado al reino de la incertidumbre, de estar peligrosamente cerca de los antagonistas de la narración provoca una respuesta afectiva en el lector (Moore: 96).
El autor implícito emplea una estrategia efectiva en el uso de esta serie de imágenes, una que impulsa al lector en la narración. El pasaje es mucho más potente de lo que a veces se cree.

El género de las imágenes

Pero el género mismo de las imágenes es importante para la estrategia del texto. Por lo tanto, debemos preguntarnos cuál es la naturaleza precisa de esas cifras. ¿Cómo se clasificarán? La discusión en curso es una prueba de la hipótesis de que el género surge más de la función que una imagen realiza para el lector que de su naturaleza abstraída del texto en el que se encuentra.

Es decir, la determinación de la naturaleza precisa de las imágenes en Juan 10:1–18 no puede determinarse aisladamente de la tarea que realizan en la estrategia del pasaje. Por lo tanto, debemos preguntarnos si el esfuerzo por etiquetar las imágenes de los versículos 1 al 5 como parábolas y las del 7 al 15 como alegorías (o la mayoría de ellas como alegorías) tiene algún sentido en términos de la función que desempeñan en la lectura de el paso.

¿Qué género describe mejor las imágenes cuando se considera su función para el lector? En efecto, uno podría decir que este experimento tiene la intención de preguntar si las imágenes pueden alguna vez ser definidas de manera útil «esencialistamente» o si las definiciones «funcionales» (es decir, la respuesta del lector) no son a la vez más descriptivas y útiles.

El autor implícito ha tratado al lector con una serie de imágenes que cambian rápidamente, pidiéndole que cambie de visión de manera abrupta e inesperada, dibujando cuatro comparaciones distintas de un campo metafórico, una quinta de otro ámbito y, en el proceso, bombardeando al lector con imágenes provocativas.

Publicada el
Categorizado como Estudios