La gran concepción falsa (Parte 6) – Estudio Bíblico

VI

El peligro no es imaginario de que veamos el fariseísmo simplemente como un fenómeno local, limitado a los judíos de la época de Jesús. Pero la naturaleza misma del concepto erróneo de la gracia de elección de Dios indica que lo contrario es cierto.23

En el fariseísmo nos encontramos lejos más que simplemente esa hipocresía que en la Iglesia se ha designado con el simple término “farisaísmo”. Más bien, estamos tratando con esa resistencia contra la elección por gracia que es idéntica a la resistencia contra la locura de la cruz. Es esa forma de religión que se jacta de tener una comprensión extensa del pacto y la ley, pero que no ha entendido la profundidad del pacto y el cumplimiento de la ley. El resultado de este malentendido es una falsa exaltación de sí mismo, incluso en la oración, que a su vez resulta en la ceguera respecto a Dios24 y al prójimo, y que crea su propia antítesis respecto a la multitud que no conoce la ley y por lo tanto es maldita (Juan 7:49).

Por eso, no sólo en el fariseísmo histórico, sino donde ya no se comprenden correctamente la salvación y el perdón, la penitencia y la misericordia, aparecen inmediatamente las características de exaltación propia, orgullo, pretensión, autoelección, autojustificación y falsa antítesis. Son una amenaza dondequiera que se escuche el mensaje de la gracia. Cuando Pablo habla de la apostasía de Israel, que allanó el camino para la salvación de las naciones, advierte: “No seáis altivos, sino temer” (Rom. 11:20).

Esta altivez es lo opuesto a continuar en la bondad de Dios (Rom. 11:22). La ley del ekloge no es sólo cosa del pasado (cf. Rom 9,11). Así como Cristo dice a los fariseos que Dios puede levantar de las piedras hijos a Abraham, así Pablo escribe a los creyentes que Dios puede injertar de nuevo a los judíos que no continúan en su incredulidad. Pero en el mismo versículo advierte a los que pudieran llegar a ser altivos (Rom. 11:21, 22), por lo que probarían que no habían entendido el significado y el propósito de la elección.

No es de extrañar que los Cánones hablen de la relación entre la elección de Dios y la humildad del creyente, ni que Calvino, el teólogo, que subraya tan enfáticamente la libertad de la elección de Dios, hable de los que son humildes ante Dios: “¿Qué medios hay de humillarnos si no damos paso a la misericordia de Dios, por nuestra total indigencia y miseria? (Inst. III, 12, 6).

A menudo se ha sostenido enfáticamente que no se puede dar una mejor refutación del “gran malentendido” que afirmar que toda elección es elección para el servicio. Este servicio se contrapone entonces a la incomprensión egocéntrica y antropocéntrica de la elección. Este punto de vista es ilustrado especialmente por la referencia a la elección histórica redentora de Dios de Israel para el servicio con el propósito de realizar la venida del Reino de Dios.

Esta idea se presenta a menudo en oposición a la idea tradicional de la elección para la salvación. Un claro ejemplo de ello lo encontramos en Van Dijk. Partiendo de la elección del pueblo de Israel, primero concluye que la elección en el Antiguo Testamento “es elección para el servicio en la vida de la revelación, en el Reino de Dios”. Toda la actividad de elección especial de Dios está dirigida hacia una meta: Su Reino.

“Dios no elige excluyendo a otros, sino por el bien de los demás” y lo hace eligiendo naciones e individuos a Su servicio.25 Pero según Van Dyk, esta elección para el servicio no es solo un esbozo de la elección para salvación, pues también en el Nuevo Testamento toda elección es elección para el servicio. El punto en cuestión en la elección de Dios es solo nuestro trabajo, nuestro lugar y servicio en el Reino de Dios, y no el comienzo de nuestra nueva vida.”26

Encontramos ideas similares en los escritos de T. C. Vriezen y H. H. Rowley. Vriezen habla especialmente de Israel. El objeto de Dios al elegir un pueblo es ante todo un asunto de la economía divina de la salvación. El propósito de la elección no es la salvación del individuo, sino que “pone a toda una nación en el mundo como lugar de la revelación de Su Reino”. Hay una conexión entre la elección y el Reino de Dios, pero no entre la elección y la salvación. Vriezen plantea este “hecho” tan enfáticamente que incluso dice: “Si una cosa es necesaria, es que la doctrina cristiana de la elección se aleje de la cuestión de la certeza de la salvación, y señale que el concepto bíblico de la elección es un llamado para servir en el Reino de Dios”. 27

Rowley también enfatiza el servicio de los elegidos, su “propósito” y su significado. “A quien Dios escoge, Él escoge para servir”. Hay una gran variedad en el servicio, pero “todo es servicio para Dios”. Con Van Dijk y Vriezen, dice muy positivamente que “la elección divina concierne exclusivamente al servicio divino”.28

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