La función narrativa (Parte 4) – Estudio Bíblico

IV

3.4 Pero el pleno reconocimiento de esta continuidad de historia a historia presupone que también nos deshacemos de los otros dos supuestos antinarrativistas: que la narración está ligada a la ciega complejidad del presente tal como lo experimentan los propios actores y que la narración es ligado a la interpretación que estos agentes dan a sus propias acciones.

3.5 Contrariamente a estas afirmaciones, Mink ha observado que al “captar juntos” (113) eventos en actos configuracionales, la operación narrativa tiene el carácter de un juicio y, podemos decir, más precisamente, de un juicio reflexivo en el sentido kantiano de este término. Contar y seguir una historia es ya reflexionar sobre los acontecimientos para abarcarlos en totalidades sucesivas. Y lo ya dicho sobre nuestra expectativa sobre la “conclusión” de la historia por la que somos testigos adelantados de la estructura teleológica del acto narrativo de acuerdo con la teoría del juicio reflexivo en la tercera Crítica de Kant.

3.6 Por la misma razón, es falso suponer que las narraciones limitan al oyente (o al lector) a la perspectiva de los agentes con respecto a sus propias acciones. En la noción de juicio reflexivo sobre los hechos se incluye la de “punto de vista”. Este aspecto también merece un mayor desarrollo que no recibirá aquí; pero, sin embargo, tal vez se reconozca fácilmente que pertenece al arte narrativo contar una historia y un narrador.

En esta relación está contenida toda la gama de posibles actitudes del narrador con respecto a su historia. Estas actitudes constituyen lo que Scholes y Kellogg llaman “punto de vista en la narrativa” (cap. 7; cf. Booth). Escriben: “En la relación entre el narrador y el cuento, y [en] esa otra relación entre el narrador y la audiencia, reside la esencia del arte narrativo” (240).

Si bien no iré más lejos en esta dirección, será suficiente para nuestra presente discusión saber que en la forma ficcional de narración ya hay un lugar para la dialéctica entre el narrador y la historia, que Scholes y Kellogg se atreven a llamar “ineluctablemente”. irónico.»

La “disparidad de entendimiento” propia de la ironía (240) hace posible el surgimiento de un nuevo tipo de narrador, el “histor” (251), cuya autoridad derivará de los documentos que lee y ya no de la tradición que recibe. No se puede negar este paso del “cantor de cuentos” al “histor” como indagador, pero este cambio se produce dentro del concepto mismo de “punto de vista” que es propio de la narración como tal, en pie de igualdad con lo configuracional y lo configuracional. la característica reflexiva de la narración.

3.7 Tal continuidad de la narración a la escritura de la historia implica que los procedimientos explicativos de la historia científica con los que se inició esta discusión no sustituyen a un relato narrativo previo, sino que funcionan con la narración misma, en la medida en que se injertan en su estructura configuracional. estructura.

II. La unidad referencial de las narrativas históricas y ficticias

4.1 La discusión anterior sugiere que la trama es el factor estructural que fundamenta una cierta semejanza de familia entre las narrativas históricas y ficcionales. En ese sentido, se nos permite hablar de las narraciones en general como si constituyeran un juego de lenguaje único. Todavía queda por demostrar que hablar este idioma es parte de una actividad, o una forma de vida. Plantear esta cuestión es investigar la unidad de referencia que correspondería a la unidad de sentido del género narrativo.

Mientras no se reconozca esta reivindicación referencial del discurso narrativo, la unidad estructural de las narraciones seguirá siendo problemática, contingente y, en el mejor de los casos, meramente fáctica. Solo la contribución común de los diversos tipos de discurso narrativo a la configuración de lo que Wittgenstein llamó «vida» puede proporcionar algún tipo de necesidad para esta unidad fáctica de estructura. Pero que vida? ¿O qué aspecto de la vida?

4.2 Ha llegado el momento de recordarnos que el término «historia» en la mayoría de nuestros idiomas indoeuropeos tiene la intrigante ambigüedad de significar tanto «lo que realmente sucedió» como el informe de esos acontecimientos. Esta ambigüedad parece ser más que un encuentro contingente de significados o una deplorable confusión. Más probablemente, nuestro lenguaje mantiene, conserva e indica mediante esta sobredeterminación de las palabras Geschichte, historia e histoire, una cierta implicación mutua de contar (o escribir) la historia y ser en la historia, de hacer historia y en términos más generales siendo histórico.

En otras palabras, la forma de vida de la que forma parte el hablar de la narración es nuestra condición histórica misma. Mostrar esto será resolver el problema de la dimensión referencial del discurso narrativo tomado en su conjunto.

Publicada el
Categorizado como Estudios