La forma narrativa (Parte 15) – Estudio Bíblico

XV

}De esta manera estamos preparados para subordinar este nuevo factor de distanciamiento (quizás más importante, y al menos más primitivo que la escritura) al proceso de comunicación.

Los géneros literarios cumplen varias funciones en lo que se refiere a la comunicación: en primer lugar, proporcionan un terreno común de comprensión y de interpretación, gracias al contraste entre el carácter tradicional del “género” y la novedad del mensaje. En segundo lugar, preservan el mensaje de la distorsión, gracias a la autonomía de la forma en relación con el hablante y el oyente.

Esto explica por qué Jeremías pudo afirmar que las parábolas contienen los dichos de Jesús con mayor seguridad que cualquier otro modo de discurso. En tercer lugar, la “forma” asegura la supervivencia del sentido tras la desaparición de su Sitz im Leben y de ese modo inicia el proceso de “descontextualización” que abre el mensaje a una nueva reinterpretación según nuevos contextos de discurso y de vida.

En este sentido, la “forma” no sólo instaura la comunicación, gracias a su carácter común, sino que preserva el mensaje de la distorsión gracias a la circunspección que impone a la obra de arte, y la abre a la historia de su interpretación.

1.523 Esta última observación prepara nuestro tercer paso preparatorio. Se refiere al funcionamiento de las propias narrativas entre todos los demás modos de discurso. Si un modo de discurso es un dispositivo generativo que apunta a la producción de un mensaje singular, un análisis estructural se trunca si no procede en ambos sentidos, del mensaje al código y del código al mensaje.

Entonces el mensaje ya no es la “cita” de sus códigos, sino que sus códigos son la “mediación” del mensaje. Esto implica que la estructura superficial de la “trama” no es un epifenómeno, sino el mensaje mismo. Un análisis estructural está completo sólo cuando le da más sentido a la “trama” que la primera lectura ingenua.

Encuentro cierta confirmación de esta tesis en una observación de Roland Barthes (1966: 18, 21). Según Barthes, un análisis estructural implica tres niveles jerárquicos: las “funciones” (en el sentido de Propp), es decir, las unidades básicas de acción; las “acciones” (en el sentido de la lógica de los “actantes” de Greimas); y finalmente el nivel de “comunicación narrativa”.

Este último nivel se refiere a la forma en que el narrador da la narración y la forma en que la audiencia la recibe: “Del mismo modo que, dentro de la narración, hay una gran función de intercambio (entre el “donante” y el “receptor”). ”), de manera homóloga, el relato, como objeto, está en juego en la comunicación: hay un “donante” y un “receptor” del relato….

El nivel-narración es designado por los signos de la narratividad y por el conjunto de operaciones que reinsertan funciones y acciones en la comunicación narrativa, articuladas sobre su dador y su receptor.” Coincido con Barthes en que los “signos de la narratividad” hay que buscarlos en el propio relato.

Pero son signos de un intercambio que envuelve la narración desde el exterior. En otras palabras, más familiar para el lector de habla inglesa, el sentido de la narración está completo sin su uso en una situación narrativa (del mismo modo que la proposición “el actual rey de Francia es calvo” cambia su valor de verdad por Strawson según la situación en la que se utilice).

La consecuencia de esta distinción entre la narración como tal y la comunicación narrada es que pueden surgir muchas más preguntas sobre la narración que sobre su estructura. ¿No podríamos decir que es en el nivel de la narración como comunicación donde cobra sentido la cuestión del “hablante” como donante del relato? ¿Y también la cuestión del “oyente” como la del receptor? Además, ¿no tiene sentido la cuestión de la “referencia” del relato como dimensión del “intercambio” o del “don”, en la medida en que este “don” se da dentro de una determinada “situación” que expresa, articula o interpreta de una manera nueva?

Que la dimensión referencial se reintroduce con la noción de comunicación narrativa puede probarse fácilmente sobre la base del análisis de Propp. No hay duda de que, al contar historias, los hombres adquirieron cierto dominio del caos del comportamiento humano.

La mimesis de la tragedia, según Aristóteles, ya está en funcionamiento en el cuento popular; o para hablar como Nelson Goodman en Languages ​​of Art, la ficción es una “realidad rehecha”. Se inicia una mimesis de la acción y de los actores a partir de códigos que son modelos de control de las complejidades humanas. Lo que llamamos “trama” es el cruce de una mimesis de acciones y de una mimesis de personajes.

En el caso del cuento popular ruso, analizado por Propp, el papel de la picardía y de la carencia tiene un poderoso significado mimético. Como estructura profunda gobierna no menos de diecinueve especies en la estructura superficial: robo, saqueo, daño, extorsión, sustitución, canibalismo, guerra, encarcelamiento, violación, etc. La conjunción de juicio y éxito, ayudante y oponente, proveedor y traidor, significa mucho sobre los aspectos antagónicos de la vida humana.

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