La forma narrativa (Parte 14) – Estudio Bíblico

XIV

¿Por qué un enfoque estructural? Porque, gracias a estos modos, el discurso aparece como obra. Aquí hablo de una obra de discurso en el sentido en que hablamos de una obra de arte.

El concepto de trabajo debe tomarse literalmente. Implica la extensión al discurso de categorías propias del mundo de la producción y del trabajo. Imponer una forma a un material, someter una producción a códigos específicos, producir esas configuraciones únicas que asimilan una obra a un individuo y que llamamos estilo, son formas de considerar el lenguaje como un material a trabajar y formar. Son modos en que el discurso se convierte en objeto de una praxis y de una técnica.

De esta imposición de una “forma” al discurso resulta un tipo específico de objetivación y de distanciamiento

Aristóteles llamó taxis, “composición”, a este modo de organización de segundo orden que afecta el discurso a un nivel superior al de la oración y convierte al texto en un organismo complejo. Los géneros literarios son codificaciones que rigen estas unidades discursivas de segundo orden.

Producir el discurso como un poema, como una narración o como un ensayo, es “codificarlo” de acuerdo con las reglas del modo apropiado de discurso. Un abordaje estructural no sólo es posible, es necesario, en la medida en que la codificación en el trabajo pertenece a la producción del discurso como poema, como narración, como ensayo, etc.

Sin embargo, y en este punto presento mi principal argumento contra la ideología estructuralista, un modo de discurso, un género literario no es más que un medio para producir mensajes singulares, para darle un estilo a los discursos individuales. Este punto ha sido pasado por alto incluso por las críticas literarias que no son «estructuralistas» en el sentido específico del estructuralismo francés.

Para la mayoría de ellos, los géneros literarios son meros recursos utilizados por los propios críticos literarios para clasificar las obras de arte individuales (incluidas las obras de discurso). Rene Wellek y Austin Warren tienen grandes dificultades para encontrar el lugar adecuado para la noción de género literario en su marco teórico (que sigue más o menos la teoría de la obra literaria de Ingarden). La dificultad radica en un concepto impropio de lo que es un género literario. No es una clase en una taxonomía, no es un medio de clasificación, sino un medio de producción.

Ahora bien, como aprendimos de Aristóteles, producir es generar un individuo: “Todas las prácticas y toda producción se relacionan con el individuo. No es el hombre (en general) quien es curado por el médico, a menos que sea accidentalmente, sino que es Kallios o Sócrates o algún otro individuo así designado que es al mismo tiempo un hombre” (Metafísica A, 981a, a15).

La ventaja de acceder a la noción de un “modo de discurso” a través de una categoría práctica es refutar directamente la falacia típica de la ideología estructuralista, que llamaré la “falacia por el bien del código”. ”

Podemos confirmar esta conclusión a través de una comparación entre códigos gramaticales y literarios. Ambos son códigos generativos: el primero a nivel de la oración, el otro a nivel de los taxis del discurso. Rigen la producción del discurso como oración o como obra.

Así como la función de la gramática es preservar la gramaticalidad del discurso y sobre esa base asegurar la comunicación guiando la interpretación semántica del mensaje, también es función de los géneros literarios proporcionar reglas para codificar y decodificar un mensaje. producido como un poema, una narración o un ensayo.

Esta concepción de la función generativa de los géneros literarios para producir el discurso como obra puede ser de tremenda importancia para la exégesis. Tales modos de discurso como narraciones, proverbios y oráculos, deben ser vistos como procesos de codificación, no como dispositivos clasificatorios. No estoy seguro de que Erhardt Güttgemanns de Bonn tenga la misma idea en mente cuando habla de una “poética generativa”, haciéndose eco de la “gramática generativa” de Noam Chomsky, pero asumiré fácilmente la expresión si por “poética generativa” se entiende la conjunto de reglas de “competencia” que rigen la “actuación” de textos específicos como parábolas, proverbios, oráculos, etc.

Cualesquiera que sean las diferentes formas de usar la frase “poética generativa”, estamos dispuestos a decir que los modos de discurso están en aras de los mensajes individuales y singulares que ayudan a producir, y no al contrario.

Puede parecer que esta conclusión va en contra de la tendencia natural tanto de la gramática como de la crítica literaria, que parecen estudiar oraciones y discursos en aras de los códigos subyacentes. Pero la naturaleza misma de los códigos gramaticales y literarios es generar oraciones y discursos.

Es sólo desde un punto de vista abstracto que la gramática y los códigos se convierten en objeto de un discurso metalingüístico. La falacia comienza con el olvido de la naturaleza abstractiva del procedimiento metalingüístico y el cambio de un punto de vista generativo a uno taxonómico.

Concluyo mi segundo punto diciendo que es tarea de la hermenéutica identificar el discurso individual (el “mensaje”) a través de los modos de discurso (los “códigos”) que lo generan como una obra de discurso. En otras palabras, es tarea de la hermenéutica utilizar la dialéctica del discurso y el trabajo, o la actuación y la competencia, como una mediación al servicio no del código, sino del mensaje.

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