La exégesis como praxis crítica: recuperación de la historia y el texto desde una perspectiva posmoderna (Parte 8) – Estudio Bíblico

VIII

En consecuencia, ahora se abre una agenda diferente y un conjunto de preguntas para la tarea crítica. ¿Cuáles son las consecuencias ideológicas que se derivan de la lectura de textos, ya sea estructural o históricamente, sobre formas particulares de conocer, de legitimar el significado, de determinar la verdad de los textos? ¿Qué implicaciones institucionales surgen en la difusión de información para personas específicamente acreditadas que se organizan socialmente como una profesión con sus diversos actos de publicación, contratación y promoción en la academia, de imaginar y representar la verdad de una manera a expensas de otra?

¿Hasta qué punto la exégesis estructuralista y la exégesis histórico-crítica como parte del mismo discurso moderno trabajan juntas para desalentar la competencia de otros modos de discurso, especialmente para aquellas lecturas que están altamente cargadas en términos políticos e ideológicos (Geertz, 1983: 75-93) ? Estas son las preocupaciones expresadas ampliamente en los círculos críticos literarios y culturales por Belsey (103-46), Eagleton (1983: 194-213), Said (1983: 178-225), Foucault (1988: 3-46) y otros que insisten que consideramos la crítica como una forma de actividad discursiva cuya misma praxis es en sí misma un ejercicio de poder y control social hecho posible necesariamente a expensas de otras formas.

Una lectura sospechosa del tipo identificado en términos generales con el pensamiento deconstructivo nos obliga entonces a pensar en la exégesis crítica moderna, tal vez incluso por primera vez (Heidegger), ya sea en sus formas estructuralista o histórico-crítica, como un gesto contundente que implica un determinado histórico. forma de hablar de la verdad, del mundo, del yo, del conocimiento crítico, de las mentes, de los cuerpos, de los oficios, de los artículos, de las estructuras gremiales.

Pensar la exégesis de esta manera como un juego y exhibición de poder social, de formas de dominación y control, es pensar la exégesis desde una perspectiva posmoderna. Y es en el contexto de pensar la exégesis como una competencia de facultades (Norris, 1985: 1-18), como dominación y control, como conflicto discursivo, que se vuelve posible colocar la cuestión de la crítica y el método exegético de lleno en historia (ver Attridge et. al.:183–211).

III. Modernidad versus posmodernidad: conflicto, discurso, resistencia

Al enmarcar la pregunta sobre la exégesis histórico-crítica y estructural como conflicto entre prácticas discursivas (Macdonell: 24-60), estamos en efecto preguntando sobre el conocimiento, qué lo condiciona y los modos de empoderamiento que hacen posibles los métodos exegéticos estructuralistas e históricos. La perspectiva desde la cual se plantean estas preguntas está informada por las corrientes posmodernas. ¿Qué se entiende aquí por “posmodernidad”? A grandes rasgos, se refiere a esa condición de saber que “designa el estado de nuestra cultura tras las transformaciones que, desde finales del siglo XIX, han alterado las reglas del juego de la ciencia, la literatura y las artes” (Lyotard, 1984: xxiii).19

Siguiendo el ejemplo del impulso modernista en el arte y la literatura, la estética y la arquitectura, la posmodernidad muestra muchas caras. Entre otras cosas, es: una crítica de las representaciones occidentales y las «ficciones supremas» modernas; un deseo de pensar en términos sensibles a la diferencia (de otros sin oposición, de heterogeneidad sin jerarquía); un escepticismo con respecto a las «esferas» autónomas de la cultura o los «campos» separados de expertos; un imperativo de ir más allá de las filiaciones formales (de texto a texto) para rastrear las filiaciones sociales (la ‘densidad’ institucional del texto en el mundo); en resumen, una voluntad de comprender el nexo actual entre cultura y política y afirmar una práctica resistente tanto al modernismo académico como a la reacción política. (Acogida: xv)

Lo “posmoderno” no se reduce a un concepto, método o práctica específica de una disciplina, campo de conocimiento o escuela de pensamiento, sino que caracteriza un discurso transformador —tanto una actitud como una época— que trasciende las prácticas disciplinarias y culturales de finales del siglo XX. . La transformación a la que se hace referencia aquí puede considerarse como un movimiento epistémico que se aleja de la dependencia de la gran narrativa organizadora que, según Jean-François Lyotard, ha informado la experiencia moderna desde los albores de la Ilustración.

El mero reconocimiento de la condición posmoderna, entonces, se convierte en evidencia prima facia de que la narrativa de la Ilustración sobre el progreso tecnológico y el avance personal hacia la Verdad ya no refleja adecuadamente toda nuestra experiencia del mundo actual.

A modo de anticipación, es este conjunto cambiado de condiciones discursivas lo que hace que los esfuerzos totalizadores de la exégesis estructuralista e histórico-crítica sean tan problemáticos y hace posible el surgimiento de modos de exégesis postestructuralistas.

Para aclarar qué es lo “post” de esta transformación discursiva, es importante verlo en contraste con el discurso “moderno” y las condiciones de conocimiento de este último. Podríamos pensar en lo moderno como una forma abreviada de aquellas restricciones epistémicas que han enmarcado nuestro pensamiento desde el siglo XVIII y fundamentado la búsqueda de un método y una verdad totalizadores.

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