La exégesis como praxis crítica: recuperación de la historia y el texto desde una perspectiva posmoderna (Parte 4) – Estudio Bíblico

IV

La exégesis no teórica, no ideológica nunca ha existido, excepto como una construcción romántica, en sí misma una imposición ideológica en la forma en que se les enseñó a los exegetas a representarse a sí mismos lo que dijeron e hicieron teórico e ideológico.

La conciencia lógica problematiza el orden disciplinario, como sugiere Foucault (1988: 156), al enredar la escena crítica de la cultura contemporánea y el orden moderno de las cosas que representa. El desvanecimiento de las distinciones tradicionales y el cruce de las fronteras disciplinarias apunta a una crisis de identidad disciplinaria, que para los exegetas bíblicos se remonta al esfuerzo inspirado por la Ilustración de von Humboldt a principios del siglo XIX para separar el estudio de la teología de las humanidades asegurando así que el espíritu de Wissenschaft no sea cooptado.

La deseada autonomía de la exégesis fue posible y reforzada por un sentido común emergente que empleó las herramientas adecuadas de Wissenschaft para buscar los hechos del tiempo histórico, el lugar y el significado del texto en la medida en que fue posible dentro de los límites del pensamiento histórico moderno.

Como reflejo de lo que Popper llama «esencialismo metodológico»,6 los supuestos de la exégesis bíblica moderna se analizan hoy para promover una comprensión diferente de lo que significa leer un texto, participar en la crítica histórica y definir la naturaleza y responsabilidad del lector crítico.

Lo que está en juego en un sentido es la forma muy moderna de la tarea crítica y su adecuación frente a una conciencia y una práctica críticas cambiantes en una época dividida: una época indeleblemente marcada por las fuerzas del pensamiento moderno con todos los métodos hechos posibles por Wissenschaft, y al mismo tiempo una época obligada a preguntarse por la suficiencia del pensamiento moderno, lo que significa preguntarse por lo que hay más allá, es decir, lo “posmoderno” (Shapiro: xi–xiii; Makarushka: 195ff.).7

Las fuerzas detrás de los cambios en la concepción y práctica de la exégesis bíblica como parte integral del desafío más amplio a la modernidad por parte de la posmodernidad se revelan públicamente de manera reveladora en la cruzada para “defender” las humanidades. Los autoproclamados portavoces de las humanidades de la actualidad, el exsecretario de Educación William Bennett, E.D. Hirsch, Allan Bloom, William Jackson Bate y Nathan Scott, entre otros, nos advierten del peligro asociado con una indulgencia excesiva en cuestiones de teoría a expensas de una buena investigación histórica pasada de moda.

Como ejemplo, señalan los estragos causados ​​en los círculos literarios, filosóficos y teológicos por la crítica deconstructiva de Jacques Derrida y las personas que conversaron con él. En su opinión, inferimos que Occidente se enfrenta a una crisis de conocimiento, cultura y voluntad moral sin precedentes y debe preservar los textos clásicos y la tradición crítica del ataque de la crítica nihilista.8

Porque nuestros textos y nuestras formas de lectura están en En peligro inminente de ser socavados, nuestros patrones de transferencia cultural y, en consecuencia, nuestra propia identidad cultural están amenazados. En este escenario apocalíptico favorecido, el campo de la crítica literaria emerge como un campo de batalla clave: se dice que los críticos de la alfabetización abandonaron su tarea virgiliana de guiar a los lectores a través de los textos clásicos hacia la Verdad de Occidente, y en su lugar deambulan sin rumbo por el desierto prostituyéndose tras los falsos dioses de la teoría crítica francesa (Fekete: xiv–xix).

En lugar de contribuir al progreso y crecimiento de la cultura occidental, la crítica literaria de estilo deconstructivo derridiano ha reducido los textos canónicos y la respetada disciplina de la crítica textual a un estado de miseria.

Lo que está en juego en esta respuesta defensiva a la crítica postestructural, especialmente deconstructiva, y su compromiso con la teoría y la ideología, es una pérdida percibida de pureza académica y cultural. Para usar la nomenclatura de Hans Frei, la crítica posestructural y el pensamiento posmoderno, concebidos de manera más amplia, cuestionan la narrativa única y unificadora de la experiencia humana moderna que domina Occidente (Frei: 13-16; véase Lyotard, 1984; 1986).

Lo que está en juego, sin embargo, no es un desafío a esa era “precrítica” cuando la historia bíblica clásica proporcionó una vez la narrativa que unificaba el pasado, el presente y el futuro; historia, mundo y lector; más bien el desafío es para la era “crítica” misma y para la historia moderna del surgimiento de una mirada “analítico-referencial” (Reiss) que contempla el mundo y lo constituye como objeto para un sujeto perceptor autónomo. En otras palabras, está en riesgo la temida pérdida del mito moderno de la objetividad y el control tecnológico (Bernstein: 51-103).

En peligro está el mundo moderno del sentido común hecho posible por la mirada positiva y científica que, de la mano de una estética de la experiencia individual (Eagleton, 1990), persigue el objetivo de autentificar la verdad y el significado apodícticos. Es la perspectiva de una perspectiva moderna desplazada por una posmoderna lo que tiene tan preocupados a los Bennett, Hirsch, Bates y Scott (Trimbur: 109ff.).

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