La exégesis como praxis crítica: recuperación de la historia y el texto desde una perspectiva posmoderna (Parte 14) – Estudio Bíblico

XIV

Más bien, para Derrida el texto es un signo dinámico con la capacidad de funcionar diferencialmente dentro de innumerables contextos. Así, ver el texto como escritura es reconocer que el texto supera agresivamente todos y cada uno de los límites contextuales que se le imponen porque reescribe el significado del contexto definido aquí como la lectura crítica totalizadora, la estructura totalizadora, la historia totalizadora. Los textos están dispersos por encima, por debajo y a través de numerosos contextos (1979:76ff.).

Siempre que elegimos leer un texto dentro de un contexto u otro, algo se revela y algo se oculta, se suprime. La voz y el oído originarios o contemporáneos deben estar en línea junto con otros reclamantes para cualquier encuadre del texto. No hay fin a la vista del Otro texto tomado como extratexto (1981: 4-5).

Esto no nos permite concluir que el texto no es más que un “significante que flota libremente”, siempre en busca de un lugar para aterrizar (Phillips, 1985: 113; contraste Said, 1983: 4-6, 178-225). En virtud de su carácter de signo, el texto, por un lado, exige contextualización y, por el otro, siempre transgrede su marco, incluyendo las estructuras, temas, métodos, estrategias interpretativas y propósitos originales asociados con él. En términos epistémicos, entonces, el texto como acto de escritura significa más que una mera representación gráfica de signos verbales; la voz y el oído y todo lo que va con ellos en la tradición intelectual occidental pierden su antigua prioridad.

El texto señala la incompletud de lo verbal, y eso choca con una metafísica occidental que ha favorecido la completitud y la prioridad de los marcos de referencia representacionales verbales (Derrida, 1981: 296-300). Desde Platón esta tradición ha preferido el hablar a la escritura, la presencia de sentido a su ausencia, la referencia mimética del texto a la autorreflexión textual. Además, como escritura el texto contiene en sí mismo marcas de sus propias limitaciones (“huellas de su propia deconstrucción”); es un signo de y para sí mismo de su propia incapacidad para totalizar absolutamente y la representación «natural» de lo real que se da por supuesta.

Desde el punto de vista de Derrida, el texto como escritura funciona como una cuña estratégica que separa las sensibilidades comunes para permitir una visión de adentro-que-no-vs-afuera, una visión de adentro/afuera (1981: 5). Su objetivo, al igual que el de William Blake, es desacreditar las distinciones míticas entre el interior y el exterior: los límites, se nos recuerda, son siempre provisionales y están necesariamente sujetos a violación y revisión.

De esta manera, leer el texto se convierte para Derrida en una actividad contestataria que da testimonio del carácter históricamente fundamentado y, por lo tanto, violable de cada contexto y de las grandes narrativas subyacentes que imponen esquemas, técnicas y métodos interpretativos particulares para hablar con conocimiento y autoridad sobre el texto. Especialmente en lo que se refiere a la búsqueda moderna del método exegético crítico, la visión deconstructiva de Derrida equivale a una resistencia total (Burnett: 58-62; Eagleton, 1986: 49-64; Phillips, 1988: 4-8) a la supresión de métodos alternativos, lecturas plurales, verdades ocultas, a marcos epistémicos que apuntan en direcciones prácticas bastante diferentes; es un socavamiento de cierto modo de pensamiento histórico y crítico que niega espacio a los métodos estructuralistas, o un modelado estructural que suprime selectivamente la historia, que insiste con su gesto arquetectónico en establecer límites permanentes y seguros entre el sujeto observador y el texto observado.

La insistencia posmoderna en la dispersión de textos y contextos, a través de la eliminación de los límites entre el lector, el texto y el contexto, tiene no pocas consecuencias para la práctica de leer la Biblia de manera crítica y la legitimación institucional moderna de reglas sobre cuestiones tales como quién lee bien. , con qué autoridad, ya sea ingenuamente, estúpidamente, incluso peligrosamente; sobre la legitimación tradicional, por ejemplo, de las lecturas masculinas frente a las femeninas; sobre el impacto que tienen formas particulares de lectura en la contratación y promoción de académicos que deben firmar juramentos de fidelidad a métodos de lectura particulares (por ejemplo, literalistas), o de lo contrario ser despedidos.

En el fondo, el esfuerzo deconstructivo de Derrida refleja la presión posmoderna para socavar las actitudes totalizadoras hacia el significado, los textos y los marcos al exponer esos intereses metafísicos y epistémicos empoderadores que operan en y a través de todos los textos y lectores por igual y que imponen ciertas formas de discurso a expensas de otras. 22

Y la praxis crítica del yo…

Si la visión sospechosa del texto de Derrida es una afrenta a la sensibilidad crítica moderna por la forma en que reescribe las nociones de texto y contexto autónomos, la crítica de Michel Foucault resulta igualmente subversiva por lo que hace al socavar el estatus de la lectura moderna. sujeto como un “yo crítico” autónomo.

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