La eventualidad de los textos (Parte 12) – Estudio Bíblico

XII

Dicho esto, tener un significado es que un elemento sea de tal manera que convertirse en referencias a otros elementos, y que los otros sean evocados por ella. (Levinas: 69)

Está claro que le dit es la versión de EL del Sistema de Hegel, la parole de Saussure y la estructura de Lévi-Strauss. Dentro de los límites de lo (siempre ya) dicho, el último acto (siempre ya) ha ocurrido. Desde que ha llegado la Parusía, el Logos está presente y se puede comunicar verdaderamente el significado. Al revelar lo que está implícitamente presente al principio, el final reúne lo que parecen ser momentos temporales dispersos en una narración coherente. En esta estructura narrativa, sólo el presente es: el pasado es un presente pasado, y el futuro un presente futuro. La tradición ontoteológica occidental culmina con la lectura de esta historia llena de Logos.

EL insiste en que “lo dicho y lo no dicho no absorben todo decir, que queda de este lado o va más allá del dicho” (23). El dire de EL recuerda el sagen de Heidegger, que “en la presentación de lo decible trae al mundo lo indecible como tal”. (Heidegger, 1971: 74) Decir, según EL, puede decir lo que permanece tácito en el dicho sólo a través de un “decir preoriginal”. Dicho decir es “anterior a los signos verbales que conjuga, a los sistemas lingüísticos y a los destellos semánticos, prefacio o prólogo que precede a las lenguas, es la proximidad del uno al otro, el compromiso de un acercamiento, el uno por el otro”. , la significancia misma de la significación” (Levinas: 5). El prefacio o prólogo al lenguaje (es decir, al Logos como dicho) es la “anarquía” que el dicho busca excluir o reprimir en el mismo acto de constituirse.

La anarquía no es meramente desorden, sino que es un anarco que señala un “anteriormente profundo [profundo jadis]” que no es una “‘modificación’ del presente”. Tal anarquía falla en los sistemas y estructuras al exponer heridas incurables y lágrimas incontenibles.
Esta anarquía [an-archie], esta negativa a ser ensamblada en una representación, tiene su propia manera de preocuparme: el lapso. Pero el lapso de tiempo, irrecuperable en la temporalización del tiempo, no es sólo negativo como lo inmemorial.

La temporalización como lapso, la pérdida del tiempo, no es ni una iniciativa del ego, ni un movimiento hacia algún telos de la acción. La pérdida del tiempo no es obra de ningún sujeto…. El tiempo pasa. Esta síntesis que se hace con paciencia, llamada con profundidad pasiva, es el envejecimiento. Brota bajo el peso de los años, y se aleja irreversiblemente del presente, es decir, de la re-presentación. En la autoconciencia ya no hay presencia de sí en sí, sino senectud. Es como senectud más allá de la recuperación de la memoria que el tiempo, tiempo perdido que no vuelve, es una diacronía que me preocupa. (-0052 51–52)

A diferencia del pasado que se puede recordar, la anarquía “es” un radical antes que es “inconmensurable con todo presente”. Dado que la anarquía preoriginal nunca está presente, esta remota anterioridad no puede representarse. “Inmemorial, irrepresentable, invisible, el pasado que pasa por encima del presente, el pasado pluscuamperfecto [más que parfait] que cae [tombe] en un pasado que es un lapso gratuito. No puede ser recuperado por la reminiscencia no por su lejanía, sino por su inconmensurabilidad con el presente. El presente es esencia que comienza y termina, principio y fin ensamblados en una conjunción tematizable; es lo finito en correlación con una libertad. La diacronía es el rechazo de la conjunción, lo no totalizable y, en este sentido, Infinito” (11).

Este Infinito nunca está inscrito en el texto. Tampoco está simplemente fuera del texto. El Otro que no puede reducirse a lo mismo está “adentro” como un “afuera” que vuelve irreductiblemente eventual a todo texto enviándolo al exilio de sí mismo. De este exilio “interior” no hay retorno. Repito, una sola vez, repito: de este exilio “interior” no hay retorno. El texto del exilio es errante; su lector/escritor un nómada.

Este camino, no precedido por ninguna verdad, y por lo tanto carente de la prescripción del rigor de la verdad, es el camino a través del Desierto. La escritura es el momento del desierto como el momento de la Separación…. Dios ya no nos habla; se ha interrumpido: debemos tomar las palabras sobre nosotros mismos.

Debemos separarnos de la vida y de las comunidades, y debemos confiarnos a las huellas, debemos convertirnos en hombres de visión porque hemos dejado de escuchar la voz desde dentro de la proximidad inmediata del jardín. “Sarah, Sarah, ¿con qué comienza el mundo? ¿Con el habla? ¿Con la visión?” La escritura se desplaza en la línea quebrada entre el habla perdida y la prometida. La diferencia entre el habla y la escritura es el pecado, la ira de Dios surgiendo de sí misma, la inmediatez perdida, el trabajo fuera del jardín. “El jardín es habla, el desierto escritura”. (Derrida, 1978: 68)

Sarah… Sarah quién… ¿cuál Sarah? Sara, la mujer que ríe, la mujer cuyo nombre anterior, Sarai, significa burla, la mujer que dio a luz un hijo llamado “Él se rió”? ¿La risa de Sara provoca Miedo y Temblor al tocar la insoportable levedad del ser?

Punto sin sentido

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