La elección y la certeza de la salvación (Parte 4) – Estudio Bíblico

IV

Además de los motivos de gratitud y de ganar a otros para Cristo, menciona el de seguridad (“… cada uno de nosotros puede estar seguro en sí mismo de su fe por los frutos de ella”).

Toda la controversia en torno al syllogismus practicus se centra en la cuestión de si el Catecismo es realmente bíblico y reformado a este respecto. No hace tanto tiempo, cierto Bruins en una disertación sobre Chalmers afirmó que “no es correcto hacer, como lo hace el Día del Señor 32 del Catecismo, la certeza de la salvación codependiente de las buenas obras como frutos de la fe”. Esta crítica no es un caso aislado sino que encuentra un enfático defensor en Wilhelm Niesel, quien ha afirmado que en el syllogismus practicus se desvía la atención del creyente y que así se abandona la pureza del énfasis reformado en la sola fide. Según Niesel, la atención ya no está únicamente en la revelación de Dios en Cristo.

El Catecismo, en el Día del Señor 32, da la impresión de que Cristo “dirige primero nuestra atención a nosotros mismos y a nuestras obras, y de ahí a Sí mismo”. Es el camino de la autocontemplación. “El Catecismo no llama la atención única y exclusivamente a la Palabra y los sacramentos por los cuales Cristo estará presente con nosotros, sino que atribuye al hombre nacido de nuevo un significado que no puede tener en la teología de Calvino, que se apega tanto a la Verbo y a Cristo.”8

Según Niesel, el syllogismus practicus atribuye al hombre regenerado un papel a la sombra de la doctrina de la predestinación. Evidentemente descubre en ella un elemento de competencia respecto a la confianza exclusiva y absoluta en Cristo y en su salvación, y por tanto un oscurecimiento de la sola fide liberadora.

Es de decisiva importancia para la doctrina de la elección que investiguemos esta interpretación del syllogismus practicus para ver si de hecho debilita el mensaje del evangelio, y si el syllogismus es posiblemente el resultado de las tensiones que surgen en relación con la doctrina calvinista de elección.

Aunque el Día del Señor 32 del Catecismo de Heidelberg estuvo en el centro de la controversia sobre el syllogismus practicus, los Cánones también deben mencionarse ya que tratan especialmente de la elección. Se ha citado especialmente CD, II, 12: “Los elegidos a su debido tiempo, aunque en varios grados y en diferentes medidas, alcanzan la seguridad de esta su eterna e inmutable elección, no por hurgar inquisitivamente en las cosas secretas y profundas de Dios, sino observando en sí mismos con gozo espiritual y santo placer los frutos infalibles de la elección señalados en la Palabra de Dios, tales como una verdadera fe en Cristo, temor filial, un dolor piadoso por el pecado, hambre y sed de justicia , etc. (2 Corintios 13:5).”

Este pasaje muestra aún más claramente la relación entre elección y certeza, y habla enfáticamente de “observar”. Algunos han considerado esta observación como un análisis e inducción faltos de fe de los que ha de venir la certeza, y por esa razón han interpretado CD, II, 12 como una grave aberración de la visión reformada original en la medida en que coloca al hombre renacido en primer plano Barth, que defiende enfáticamente el syllogismus practicus contra Niesel, piensa en CD, II, 12 como «difícil de aceptar» y como una «evidente aberración» de Calvino.9 -evidencia de la vida de los elegidos como signo de autocontemplación empírica y de autojuicio, para de hecho despreciar el testimonio de Jesucristo.”

Está claro que, en principio, nos enfrentamos a la misma pregunta tanto en CD, II, 12 como en el Día del Señor 32, a saber, en qué medida la vida del hombre es y puede ser significativa con respecto a la certeza de la salvación.

A veces se ha hecho una distinción entre el syllogismus practicus (la conclusión de las buenas obras) y el syllogismus mysticus (la conclusión de la fe y la experiencia).10 Pero está claro que en ambos casos nos enfrentamos a la misma pregunta, a saber , el syllogismus, la “conclusión” que se extrae de lo que está realmente presente en los creyentes.

Podemos, por tanto, concentrar nuestra atención en la cuestión de si este silogismo es —consciente o inconscientemente— un alejamiento de una crisis, la crisis de la elección “oculta”.

Sin duda es cierto que se corre el peligro de desplazar el énfasis de la gracia y la salvación de Dios, de la promesa en la Palabra y en el sacramento, al hombre, al hombre creyente, activo, renacido. Y es inequívoco que este giro se ha producido muchas veces en la historia de la Iglesia y de la teología porque el hombre —inseguro respecto a su elección— se empezó a analizar a sí mismo para encontrar “signos” de elección.

Por tanto, su mirada ya no estaba en primer lugar sobre la promesa de Dios y su carácter verdaderamente digno de confianza, sino sobre lo que se había realizado en él, para concluir, ya sea práctica o místicamente, su elección de allí.

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