La elección y el culto de Dios (Parte 7) – Estudio Bíblico

VII

Antes de buscar una respuesta a esta pregunta, queremos señalar que en dogmática nos encontramos con una distinción bien conocida y muy similar al ocultamiento: la distinción entre la voluntad oculta de Dios y la voluntad revelada de Dios.20 Esto distinción, dice Bavinck, fue elaborada a fondo por la escolástica, asumida por la teología católica romana y tratado con gran respeto en la teología reformada.21

El hecho de que en este contexto se utilicen también los términos voluntas decernens y voluntas beneplaciti demuestra cuán compleja es esta distinción entre ocultamiento y revelación. Bavinck señala que la Iglesia reformada mantuvo solo la distinción anterior y rechazó la distinción entre voluntas antecedens y consequens, que en otros lugares se volvió muy popular pero que la Iglesia reformada vio como una violación de la simplicitas Dei.

La cuestión es por qué no han sentido esta objeción con referencia a la distinción entre voluntad oculta y voluntad revelada, tanto más cuanto que la voluntas arcana (decernens, beneplaciti) era considerada “como la voluntad realmente esencial de Dios”, es decir , la voluntad que siempre avanza y alcanza la meta de Dios. Precisamente por eso puede surgir la pregunta de si entonces podemos conocer la voluntad real de Dios. Conocemos la voluntas revelata; pero esta voluntad, este sello, este precepto de Dios, esta dirección para nuestra conducta, es descrito por Bavinck como “en realidad, no la voluntad de Dios, sino solo Su mandato y precepto”. 22

La verdadera voluntad de Dios no es, pues, la que nos da como precepto, sino la que en sí mismo quiere hacer y cumple. Es por eso que ahora debemos atender a esta distinción. Porque, por un lado, si la voluntad revelada de Dios no es en verdad Su voluntad real, no conocemos la voluntad de Dios; por otro lado, si la voluntad revelada de Dios es también Su voluntad real, nos enfrentamos a una contradicción. La respuesta siempre ha sido que la voluntas signi (revelata), sin embargo, recibe su nombre de su relación con la voluntad de Dios, que es un signum voluntatis in Deo y “en consecuencia, debe corresponder con Sus voluntas beneplaciti”.

Nos enfrentamos a un dilema profundo: el ocultamiento de la voluntad de Dios (una con la esencia de Dios, inmutable y siempre cumplida) versus la voluntad irreal (la ordenanza de Dios),23 o una contradicción en la voluntad de Dios, o al menos una tensión entre el ocultamiento y la revelación con respecto a Su voluntad.

En todas las discusiones reformadas de esta distinción se niega enfáticamente la contradicción. Según Bavinck se descarta porque la voluntad de la ordenanza “es precisamente el modo en que se cumple la voluntas beneplaciti” (cf. Inst. I, xviii, 3). Quiere decir que Dios cumple su consejo y que el hombre también en su pecado “se convierte en instrumento, aunque no quiere, de su gloria”. 24

Está claro que el punto en cuestión aquí es la naturaleza de los actos de Dios, especialmente en relación con el pecado, y podemos ver claramente que tanto Agustín como Calvino y Bavinck están ocupados con el mismo problema bíblico: la conexión insondable entre el consejo de Dios sobre por un lado, y la transgresión del hombre de Su ordenanza por el otro lado. Pero parece que no se nos permite concluir que la voluntad de la ordenanza no es la voluntad real de Dios, sino solo Su precepto, Su norma o regla.

Nosotros objetamos contra este “solo”, y parece que el mismo Bavinck lo confirma cuando dice que quien niega la voluntad de Dios —como voluntas signi— en la ley y el evangelio, menosprecia no solo la majestad de la ley moral sino también la santidad de Dios. 25 Porque eso significa que en la voluntad revelada de Dios no se trata de una voluntad inactual y no de un precepto arbitrario que en su contingencia no nos pone en contacto con Dios mismo, sino con Dios mismo en su santidad.

Y esa es la razón por la que no podemos dejar que la valiosa opinión de Agustín (contra voluntatem Dei, pero no praeter voluntatem Dei) termine en la distinción entre una voluntad real e inactual de Dios. Porque al hacerlo, uno no puede escapar del peligro de que la voluntad de Dios en la ley y el evangelio sea eclipsada e incluso amenazada por esa voluntad «real» de Dios.

La voluntad de Dios amenaza, pues, con convertirse en “fondo” que permanece desconocido para nosotros en la revelación de Dios. Nos damos cuenta de que es imposible dar una solución racional a la expresión contra, non praeter, pero precisamente por eso queremos evitar hablar de la voluntad inactual de Dios.26 Además, nos enfrentamos al hecho innegable de que la voluntad de Dios la ordenanza no es de ninguna manera un mandato arbitrario de Dios, sino precisamente esa voluntad de Dios que se hace visible en Jesucristo (Efesios 1:9).

La “voluntad de ordenanza” no es ajena a lo que se llama “voluntad de decisión”; ni la “señal” (signum) no está relacionada con Su placer (beneplacitum). la voluntad revelada de Dios. Pues entonces la intención de Agustín, Calvino y Bavinck puede hacerse clara (contra, non praeter) sin que el elemento de sombra sobre la voluntad revelada se haga visible en la voluntad oculta.

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