La doctrina de la elección en la perspectiva histórica (Parte 1) – Estudio Bíblico

I

NOSOTROS no pretendemos en este capítulo dar un estudio completo de la historia de la doctrina de la elección. Sólo queremos hablar de una perspectiva que se nos impone cuando nos sumergimos en su historia y que en todas las variantes del pensamiento de los siglos prueba que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Porque vemos que en la gran cantidad de problemas que se nos presentan, hay uno que viene al primer plano repetidamente. Puede formularse así: ¿Dónde recae la decisión de la redención del hombre? ¿Recae exclusivamente en Dios mismo, en su acto de elección, o recae —aunque en el contexto de la gracia generativa de Dios— en el libre albedrío del hombre? ¿Nuestra redención depende de la decisión de Dios o depende de la nuestra?

Muchas respuestas se han dado a lo largo de los siglos. Estas respuestas por lo general no han sido una elección de una u otra posibilidad, sino un intento de evitar esta elección tratando de establecer una síntesis entre las decisiones divina y humana. Por un lado, no se puede negar la gracia de Dios, no se puede hacer depender a Dios de la decisión del hombre para conceder la salvación; pero, por otro lado, el significado de la decisión del hombre —su creencia o incredulidad— debe ser plenamente honrado, y no debe permitirse que sea oscurecido por el carácter abrumador de Dios obrando todas las cosas por sí mismo.

Habitualmente se ha hecho el esfuerzo de armonizar y equilibrar entre sí la gracia de Dios y la libertad del hombre (liberum arbitrium), a fin de establecer una síntesis, de modo que no haya peligro de que la exclusividad de uno u otro traiga graves perjuicios. consecuencias para una fe viva. Porque si se pensara que la decisión de la salvación del hombre depende exclusivamente de Dios, la decisión y la elección del hombre se volverían insignificantes, y resultaría el fatalismo y el determinismo.

O al menos deberíamos quedarnos con un concepto de la exclusividad de la actividad de Dios por el cual el esfuerzo del hombre se hundiría en la nada. Sin embargo, si la decisión estuviera en manos del hombre, la gracia de Dios sería cuestionada. En efecto, ¿sería posible mantenerlo como gracia real, como su acto misericordioso? ¿No se vería privada la gracia de su aspecto misericordioso si fuera eclipsada por la última acción activa, la libre elección del hombre? ¿Y la gracia de Dios no tomaría entonces el aspecto de una oferta de gracia, para ser aceptada o rechazada, en lugar de un regalo otorgado por el Dador libre y soberano?

Para evitar estos extremos se buscó una síntesis en la que tanto la gracia de Dios como la decisión del hombre tuvieran pleno lugar.

Este tema de una síntesis corre como un hilo rojo a través de la historia de la doctrina de la elección. Es el tema de la armonía, de la cooperación. Por supuesto, dentro de los límites de esta solución todavía es posible establecer todo tipo de variaciones, según se acentúe la gracia de Dios o la decisión del hombre. Pero no importa cuán radicales puedan ser estas variaciones, siempre se encuentran dentro del círculo del sinergismo, que ocupó un lugar tan importante en la teología protestante como en la católica romana. Están, por ejemplo, las polémicas sinérgicas en la teología luterana del siglo XVI, las polémicas de los protestantes en las iglesias reformadas de la misma época, y la disputa entre molinistas y tomistas, en la que la relación entre la gracia de Dios y la libertad del hombre jugó un papel tan importante.

La cuestión de esta relación entre la gracia de Dios y la decisión del hombre surgió ya en el año 418 cuando en el Concilio de Cartago se condenó el pelagianismo porque se basaba en la naturaleza libre del hombre y enfatizaba la decisión del hombre hasta tal punto que la gracia de Dios no iba más allá de la concesión de ese carácter gratuito. El pelagianismo se basa en una “exageración de las fuerzas del libre albedrío”2 y en «la esencia de la libertad como la oportunidad de elegir entre el bien y el mal».3

En el pelagianismo la Iglesia vio la gracia privada de su significado primario, de su valor decisivo. Todavía se hablaba de ella, pero en realidad había sido abandonada.4 En tal opinión, la gracia ya no era absolutamente necesaria, y la Iglesia en el Concilio de Cartago confesó su creencia en la necesidad de la gracia.5

Es no que la gracia haga más fácil hacer la voluntad de Dios, sino que sin la gracia es imposible hacer la voluntad de Dios. Cristo no dice: “Sin mí es más difícil hacer esto”; Él dice: “Separados de mí nada podéis hacer”. 6 Esa palabra “nada” transmite que hay cierto carácter absoluto en este énfasis en la necesidad de la gracia.

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