La crítica de Nietzsche a la modernidad: el surgimiento de la conciencia hermenéutica (Parte 2) – Estudio Bíblico

II

El aspecto interminable de el proyecto de ida, que en sí mismo es una crítica al modernismo, es enfatizado no solo por Jobling sino también por Fisher y Phillips. Fisher comenta sobre la distinción entre el cierre próximo y último y sugiere que, en última instancia, puede que la interpretación no tenga fin. Por otro lado, Phillips argumenta que la falta de clausura que distingue a la deconstrucción de los modelos interpretativos logocéntricos está relacionada con la posibilidad inagotable de marcos alternativos que fomentan el juego de las diferencias.

Recordando la afirmación de Nietzsche de que la conciencia hermenéutica es necesariamente autoconscientemente histórica, uno puede preguntarse si el “no fin” no es un fin en sí mismo y, por lo tanto, está en peligro de convertirse en un marco determinado. Por lo tanto, se puede argumentar que la lógica de Nietzsche obliga a reevaluar todos los supuestos, incluidos aquellos en los que se basa su propia lógica.
La problemática de la historia es el foco de la crítica de Nietzsche a la modernidad en su «meditación intempestiva», «Sobre los usos y desventajas de la historia para la vida». Lo que parece fascinar a Nietzsche con respecto a la historia —y quizás a veces frustrar a algunos críticos bíblicos y literarios posmodernos— es la ironía aparentemente incontenible que la vivifica.

Su sensibilidad ante la dimensión irónica de la experiencia humana le lleva a valorar la ambigüedad y la paradoja, cualidades que marcan de forma indeleble su pensamiento y tiñen su crítica de la historia. En su crítica de la modernidad, por ejemplo, señala su postura inflexible sobre la objetividad de sus afirmaciones de verdad. Sus argumentos con la modernidad lo llevan a abrazar la conciencia hermenéutica, con toda su ambigüedad y resplandeciente ironía, como una alternativa radicalmente abierta al historicismo.

Al acreditar la conciencia hermenéutica, Nietzsche reafirma la dimensión creativa y lúdica de la experiencia humana. También subraya la importancia de reconocer que una perspectiva restringida conduce inevitablemente a una interpretación inadecuada. La dificultad que encuentra con metodologías como las de la crítica histórica se relaciona con sus supuestos excluyentes. Para Nietzsche, la tarea de interpretación obliga al intérprete a evaluar la relevancia del pasado que se circunscribe dentro de los parámetros de los sistemas acreditados. Al mismo tiempo, el intérprete se ve tentado a creer que las interpretaciones presentes pueden trascender las limitaciones del pasado. En consecuencia, el intérprete intenta confiadamente reconfigurar la historia para ofrecer una alternativa al pasado. Irónicamente, el peligro de la reconfiguración radica en la suposición de que es un evento definitivo y determinante.

El presente artículo explorará la crítica de la modernidad que emprende Nietzsche en «Sobre los usos y desventajas de la historia para la vida» (La segunda meditación en 1983: 57-124) y argumentará que esta crítica facilita el surgimiento de la crítica posmoderna. Dado que hay poco consenso sobre el significado preciso de «posmoderno», el término en sí parece ser la encarnación de la indefinición, la indeterminación, la elusividad y la expansividad que pretende describir.

El posmodernismo se resiste a una definición y codificación rigurosas, evade los intentos de circunscribirlo dentro de los parámetros de un marco específico y se trata mejor en términos descriptivos amplios, como lo demuestra Hassan. En este artículo, el término “posmodernismo” se utilizará para describir la visión del mundo que se opone a la del modernismo, como un término que anuncia la prioridad del proceso interpretativo frente a determinadas afirmaciones de verdad unitaria.

El foco de la crítica de Nietzsche a la modernidad está en el fracaso de la referencialidad de lo que Derrida llama “logocentrismo” y de las afirmaciones de verdad unitarias de la metafísica occidental para cumplir la promesa que consagran. Contrarrestando el carácter dado de la referencialidad de la verdad, Nietzsche afirma que no hay verdades, solo interpretaciones. Al reconocer y afirmar la interpretación, privilegia el devenir sobre el ser, el proceso sobre la forma y el contenido. Al rechazar la totalización y objetivación incondicionales del significado que, en una de sus formas, se identifica como crítica histórica, ubica la entrega de la verdad dentro del proceso interpretativo creativo mismo.

Al enfatizar la interpretación, Nietzsche reformula la revelación desde una noción de revelación como verdad, donde el énfasis está en el contenido, a una noción de revelación como proceso, como un desarrollo eterno en la historia del excedente inagotable de significado (Hart: 75). La revalorización de un fundamento logocéntrico proporciona las condiciones necesarias para una revalorización de la relación entre historia y vida.

Así, reivindica la historia no como verdad sino como relato, como relato con una multiplicidad de sentidos creados y reconsidera los presupuestos y supuestos del logocentrismo que han enmascarado la verdad sobre la primacía del error.

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