Introducción al libro de Oseas (Parte 15) – Estudio Bíblico

XV

4.10 Ahora estamos en posición de apreciar el significado en Os 11:8 de la forma plural niḥûmay y la fuerza ingresiva del verbo nikmĕrû, ya que el sustantivo y el verbo están calificados por yaḥad. El cambio que tiene lugar en Yahvé es “de todo corazón”.

Todos los componentes de la vida divina—incluyendo, específicamente, tanto la ira divina como el amor divino—crecen fervientemente juntos en el nuevo propósito al cual la vida divina se resuelve:
Mi corazón se transforma en mí,
¡mi cambio de opinión se vuelve ferviente por completo!

4.11 Lo que las dos líneas juntas describen, entonces, es un proceso de cambio que tiene lugar dentro de Yahweh, un cambio en el cual el dilema es tratado de tal manera que el resultado es un sentimiento, una actitud y un propósito indivisos, un cambio en el cual Yahvé es a la vez iniciador y resultado.

Es por este medio, y no por un propósito dividido en el que un elemento domina y anula al otro, que se negocia el callejón sin salida. Además, como argumentaré en un momento, es esta diferencia la que proporciona la base para la afirmación de un contraste enfático entre Dios y la humanidad en el v. 9.

¿Cómo, entonces, podemos interpretar este cambio y entender este contraste? Dado que el contraste apela implícitamente a la forma en que los humanos actúan característicamente en tales callejones sin salida, es apropiado (de hecho, se puede decir que el texto nos dirige con ligereza asertiva) para reflexionar sobre tal acción humana en general.

5. El desafío existencial que plantea un auténtico callejón sin salida

5.1 El fenómeno general de la toma de decisiones humanas muestra que, con demasiada frecuencia, tal impasse se resuelve eligiendo a favor de uno u otro de los componentes del sentimiento profundo. La tragedia es que tal decisión da como resultado algo menos que la totalidad existencial: la decisión corta una parte palpable y orgánica de la situación real, incluida una parte orgánica del yo que decide. Porque lo que ha sucedido es que un componente del sentimiento ha sido identificado como relativamente malo, y el otro componente del sentimiento como relativamente bueno, y el mal ha sido rechazado y el bien adoptado.

Pero dado que, en el caso de un callejón sin salida genuino, cada componente surge como un impulso de energía personal, un poder de acción concreto y determinado que hace sus propios reclamos eficaces sobre la situación total, elegir uno sobre el otro es perder parte de el poder total y la eficacia de la situación. Y en la medida en que uno se relaciona internamente con esa situación, eso significa perder parte de su propio ser concreto11.

Uno puede, de alguna manera, negociar el callejón sin salida y entrar en el reino, pero uno lo hace sin un ojo o una mano o un pie, o (vide Orígenes) algo más. Tal elección puede, en tales situaciones, ser lo mejor que uno como ser humano puede llevar a cabo, y como tal le da en parte a la situación humana su carácter de tragedia.

5.2 Pero incluso para la finitud humana en su trágica debilidad, existe el desafío, como argumenta Buber en El bien y el mal, de no rechazar el impulso del mal (el yeṣer hārā’) en favor del impulso del bien (el yeṣer haṭōb), sino de unificar todos los impulsos en un acto que sostiene la propia relación con la situación pasional total y al mismo tiempo con la dirección fundamental de la propia vida.

Vale la pena presentar aquí con cierto detalle el desarrollo de Buber de la doctrina talmúdica de los dos impulsos, por la luz que puede arrojar sobre Os 11:8-9, así como por la posible extensión que el argumento general de este artículo puede indicar para que doctrina. Buber escribe (1953: 94-97),

En la creación del hombre, los dos impulsos se oponen entre sí. El Creador se las da al hombre como dos servidores suyos que, sin embargo, sólo pueden cumplir su servicio en una auténtica colaboración. El ‘impulso del mal’ no es menos necesario que su compañero… La tarea del hombre, por lo tanto, no es extirpar el impulso del mal, sino reunirlo con el bien… Se ordena al hombre…: ‘Ama al Señor con todo tu corazón’, y eso significa, con tus dos impulsos unidos.

El impulso del mal también debe ser incluido en el amor de Dios[,] así y sólo así el hombre vuelve a ser tal como fue creado: ‘bueno en gran manera’… Pero, ¿cómo se puede vencer el impulso del mal para permitir que esto suceda? ¿lo? Bueno, no es más que un mineral en bruto, que debe colocarse en el fuego para ser moldeado…
Buber continúa caracterizando los dos impulsos así: el “impulso” del mal como pasión… que, abandonada a sí misma, queda sin rumbo y extravía, y el “impulso del bien” como pura dirección, es decir, como dirección incondicional, la de Dios.
Y concluye,

Unir los dos impulsos implica: dotar a la potencia absoluta de la pasión de la única dirección que la haga capaz de un gran amor y de un gran servicio. Así, y no de otro modo, el hombre puede llegar a ser completo.
Interrumpiré estas citas extensas en este punto, para sugerir que, dentro de la perspectiva de este artículo, la “dirección incondicional” de la que habla Buber puede interpretarse en términos de la cuestión existencial divina fundamental, mediante la admisión a la esfera de poder dentro de cual la humanidad recibe su alta vocación y tarea.

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