Exégesis bíblica posmoderna: la víspera de la crítica histórica (Parte 6) – Estudio Bíblico

VI

El punto es que la intertextualidad “no debe confundirse con los orígenes de un texto: buscar las ‘fuentes de’ y la ‘influencia sobre’ una obra es satisfacer el mito de la filiación.

Las citas a partir de las cuales se construye un texto son anónimas, irrecuperables y, sin embargo, ya leídas: son citas sin comillas” (Barthes, 1979: 77). El texto particular que uno está estudiando, en otras palabras, siempre está enredado en una red interminable de otros textos.*

La segunda implicación que tiene la intertextualidad para el crítico histórico es que la idea de “texto” se convierte en “macrotexto”, “texto general” o “genotexto” (cf. Barthes, 1981: 38). Se convierte, en definitiva, en todo el espacio discursivo (tanto verbal como no verbal) tanto del texto como del sujeto. Barthes presenta esta visión del texto en términos convincentes.

El texto para Barthes no es lo que está escrito sino un “tejido de citas pasadas” y “pedazos de códigos, fórmulas, modelos rítmicos, fragmentos de lenguajes sociales” que “pasan al texto y se redistribuyen dentro de él”. Por esta razón el texto no puede “coincidir exactamente… con las unidades lingüísticas o retóricas hasta ahora reconocidas por las ciencias del lenguaje” porque el texto “desborda” estas unidades (1981:39-40). Entonces, un texto es siempre un producto, no un objeto, y se produce en el juego intertextual entre el texto y el lector (1981: 36-37).

Para Barthes el texto es un campo infinito de significantes “sin referencia posible a uno o varios significados fijos” (1981:37). El lector es ilimitado en los marcos o estrategias interpretativas por las cuales leer porque el “yo” que se acerca al texto tampoco “es un sujeto inocente anterior al texto”; él “es ya en sí mismo una pluralidad de otros textos, de códigos infinitos o, más precisamente, perdidos (cuyos orígenes se pierden)”. (1974:10)

Así para Barthes “ya no hay críticos, sólo escritores” de textos. El comentario mismo, entonces, se convierte en un texto más en el juego de la intertextualidad (1981:44). En opinión de Barthes, las dos nociones clave de Fish (comunidad interpretativa y acuerdo intersubjetivo) han sido reemplazadas por la intertextualidad (cf. Culler, 1981: 104).*

La noción de intertextualidad rompe con la noción homogénea de Fish de comunidades de lectura separadas. Por un lado, Fish reconoce la necesidad teórica de la intertextualidad. La lógica de su teoría exige la conclusión de que el número de respuestas posibles a un texto está limitado únicamente por el número (teóricamente infinito) de comunidades de lectura.

Por otro lado, Fish no puede implementar su conclusión teórica porque entiende que la lectura está determinada por estrategias interpretativas preconscientes y estables.8 Para Fish, tanto el texto como el lector siempre están inscritos en un contexto, pero los límites discursivos de ese contexto parecen tan claramente (y arbitrariamente) marcados que cualquier visión de la intertextualidad que pueda tener queda truncada.

La intertextualidad no se refiere sólo a la diversidad de lecturas producidas por lectores herméticamente sellados dentro de diferentes comunidades de lectura; se refiere a todo el espacio discursivo en el que se produce la interacción entre textos y lectores. La teoría de Fish, por supuesto, deja espacio para que el crítico histórico se refiera al consenso de su comunidad de lectores para juzgar diferentes lecturas, pero la noción de intertextualidad obliga al historiador a reconocer que el consenso es arbitrario, el cuyos límites han sido marcados por decreto y exclusión.

Hayden White: la escritura de la historia como PoiëSis

Hayden White es un historiador que ha tratado de explicar la diversidad de interpretaciones históricas en términos de retórica. Al igual que Fish, White argumenta que “los hechos no hablan por sí mismos” y que “el historiador habla por ellos” (1978:125). White también argumenta que el historiador “elige estrategias conceptuales mediante las cuales explicar o representar sus datos” (1973:x).

Este acto, sin embargo, es poético por el cual el historiador prefigura el campo histórico y luego “moldea los fragmentos del pasado en un todo cuya integridad es… puramente discursiva” (1978: 125, cursivas mías). White ciertamente estaría de acuerdo con Fish en que el lector crea el texto, pero White argumenta además que los historiadores emplean sus narraciones de la misma manera que los escritores de ficción realista (1986: 484, cf. 1978: 16, 46–47, 122).*

Basa su teoría de la trama en cuatro tropos básicos (metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía) y argumenta que constituyen “la base irreductiblemente ‘metahistórica’ de toda obra histórica” (1973:xi, cf. 430). White se distancia de todos los contextualistas porque argumenta (1) que las narraciones de los historiadores no equivalen a un contexto reconstruido de las relaciones reales que existían en el momento que se está estudiando (1973: 18-19), y (2) que hay nada inherente a los datos históricos mismos para exigir un modo de trama sobre otro (por ejemplo, una comedia o una tragedia [1978: 85, 111; cf. Via]).

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