Escribiendo los errores del mundo: la deconstrucción del texto bíblico en el contexto de las teologías de la liberación (Parte 5) – Estudio Bíblico

V

Para el segundo, propone el término “englobamiento”, refiriéndose a la pretensión, ya sea del lado del marxismo o de la deconstrucción, de comprender completamente al otro, de darle cuenta de un y ponerlo en su perspectiva adecuada. En sus respectivos “lados”, critica tanto a Ryan como a Derrida por intentar asumir una “posición de dominio” (158–63; cita 160).

Su propia propuesta es que el marxismo y la deconstrucción no compiten por el mismo espacio (para que uno expulse o contenga al otro). Más bien, están en una relación permanente que “en última instancia, no puede ser ‘comprendida’ en la forma de una jerarquía estable” (159). El punto de vista de Parker me proporcionará más adelante mi marco metodológico (ver más abajo II C).

4. Recepción feminista

“Que Cervantes fue un escritor varón es un hecho de la historia de las mujeres”. (Múnich: 250)
Por el lado feminista, ahora es apropiado hablar de una marea de lecturas feministas deconstructivas de textos literarios (cf. Fetterley, Kamuf, Johnson: 3–12, Belsey: 109–17, Munich, Spivak, 1982; cf. la lista en Greene y Kahn, 1985a: 23).

El “canon” tradicional de English 101 está siendo releído con vehemencia, “para extraer las conexiones entre los patrones gramaticales, figurativos y estructurales [del texto] y la teoría de la feminidad subyacente” (Jones: 103), y para mostrar cómo tales teorías codificadas de la feminidad se han implicado en la política sexual. La profundidad y complejidad de la codificación se captura en la referencia de Greene y Kahn a “la dicotomización de masculino y femenino en términos de polaridades tales como ‘cultura y naturaleza’, ‘verdad y duplicidad’, ‘razón y pasión’, ‘día y noche’. ‘—el término asociado con la hembra siempre requiriendo el control del macho superior” (3-4).

Sin embargo, esta tendencia no ha sido universalmente bienvenida. Dentro de los estudios literarios feministas, la deconstrucción entra en agudo conflicto con la tendencia a desenterrar un canon “alternativo”, de escritura de mujeres reprimidas (sobre esto, cf. Showalter, 1982).

Desde esta perspectiva, la deconstrucción puede percibirse como una revalorización del canon masculino al seguir dedicándole atención, aunque sea una atención subversiva. El conflicto se ve exacerbado por profundas diferencias metodológicas. La tendencia del canon alternativo ha tendido a ver la literatura en términos representativos, evaluándola según la autenticidad de su reflejo de la experiencia de las mujeres (en parte, sin duda, para mantener vínculos con el movimiento de mujeres más amplio). ¡Así, la deconstrucción agrava su ofensa al apelar a una teoría desconocida e incomprensible! (Arac, 1983a: 187, señala que muchas de las practicantes de la deconstrucción feminista han sido influenciadas por las críticas de Yale).

Pero los críticos deconstruccionistas no se han quedado a la defensiva. Insisten en que, sin teoría crítica, el discurso feminista sólo puede continuar en el lenguaje de la opresión, con toda su metáfora sedimentada, admitiendo el patriarcado en el propio discurso por el cual aspira a superarlo.

Para Moi, “el problema principal de la crítica feminista angloamericana radica en la contradicción radical que presenta entre la política feminista y la estética patriarcal” (69, cf. todo su tratamiento en la Parte I; Furman, 1985b: 67 también equipara lo representacional con lo patriarcal). Fetterley y Munich, entre otros, brindan poderosas defensas de la necesidad de que las feministas continúen atendiendo al “canon” masculino. Fetterley argumenta que, a través de tal lectura de «resistencia», los textos «perderán su poder para vincularnos sin saberlo a sus diseños» (xxiii).

Munich, criticando el privilegio de Showalter de la escritura de las mujeres y la evitación del «canon» masculino, sugiere que tal «limitación refuerza… un tabú patriarcal primitivo que prohíbe a las mujeres acercarse a los objetos sagrados»; sin la deconstrucción feminista, “la civilización seguirá siendo cautivada por” estos textos canónicos (243, pero cf. todo su argumento).

A veces, sin embargo, uno encuentra sugerencias de una división del trabajo: la escritura de las mujeres debe celebrarse y la escritura de los hombres debe deconstruirse (Abel: 2-4; incluso la discusión sofisticada de Greene y Kahn se acerca a esto, por ejemplo, 1985a: 6). Esto parece una decisión para evitar cuestiones teóricas difíciles (la deconstrucción de la escritura de las mujeres), con las que la teoría deconstructiva difícilmente puede quedar satisfecha (cf., críticamente, Moi: 75-80).

La deconstrucción literaria feminista no ha establecido relaciones claras con una crítica cultural más amplia. Gallop (con su habitual perspicacia mordaz) lo ve colgado entre su necesidad de estar en estrecho contacto con el feminismo político y su lealtad a la «literatura», como si tuviera relaciones «estructuralmente iguales» con «dos autoridades severas», la literatura y la literatura. el político: “Como el niño cuyos dos padres tienen valores diferentes, [el crítico] está atrapado en un acto de equilibrio, tratando de evitar la desaprobación en dos frentes” (1982b: 290).

El propio trabajo de Gallop ha hecho hincapié en el psicoanálisis (1982a), que es controvertido en vista del rechazo generalizado del psicoanálisis en el feminismo estadounidense.

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