Escribiendo los errores del mundo: la deconstrucción del texto bíblico en el contexto de las teologías de la liberación (Parte 14) – Estudio Bíblico

XIV

Por otro lado, la deconstrucción necesita aceptar la necesidad de lo político, su propia inseparabilidad de lo político y, por lo tanto, la indispensabilidad de un análisis político de su propia situación; de lo contrario, el peligro de cooptación por parte del poder es inmediato. Necesita reconocer la urgencia de las luchas políticas inmediatas y no comprometerse con un aplazamiento indefinido (Culler: 158-59).

Si bien hay preguntas que plantear, por ejemplo, sobre el método de Fiorenza, su insistencia en el tema de cómo se usa la Biblia para oprimir a las mujeres aquí y ahora (por ejemplo, xii) es ejemplar. La deconstrucción también necesita abandonar el hábito mental ultracrítico y el complejo de superioridad metodológica al que es propensa. Una vez que uno ha trabajado con los análisis clásicos de Derrida y otros, uno comienza a abordar todos los textos torcidos, con preguntas extrañas.

Ante los textos de liberación, como ante cualquier otro, uno quiere deconstruir, uno comienza casi automáticamente a deconstruir; ¡pero deconstruir o no es una decisión política! Tampoco es apropiado rechazar, de haut en bas, los métodos de liberación, mientras se defiende su causa. La deconstrucción no tiene nuevos métodos “correctos” para reemplazar a los inadecuados.

El problema con los críticos de Yale tal vez no haya sido un descuido de lo político, sino una resistencia a las soluciones “ingenuas” que termina como un aplazamiento de toda la cuestión de las soluciones, de modo que “una apertura valiosa puede convertirse en un rechazo temeroso” ( Arac, 1983a: 194; sobre este gran tema, cf. Arac, Godzich y Martin, passim; también Leitch: 194). Incluso un crítico tan comprometido como Moi a veces me parece que está deconstruyendo lo que aún no se ha escuchado suficientemente (por ejemplo, 57-69, sobre Gilbert y Gubar). No hay justificación política para deconstruir oposiciones que no se han arraigado en estructuras de poder (ni, en realidad, honestidad intelectual para deconstruir oposiciones que uno mismo no ha interiorizado).

3. Luchando en dos frentes

“La pregunta… es cómo reducir la brecha entre estos dos proyectos imposibles de sintetizar sin sacrificar el uno por el otro”. (Culler: 175)

Uno se enfrenta, entonces, a la necesidad de trabajar siempre en dos frentes simultáneamente. “Esto no quiere decir que pelear en primer plano sea innecesario. Es decir que la motivación de tal lucha debe provenir de recordar niveles que son más profundos que el ataque mismo” (Daly: 169). Relacionado con esta problemática hay un fenómeno constantemente recurrente que uno podría llamar «compañeros de cama extraños»: figuras intelectuales que resultan útiles desde el punto de vista analítico a pesar de no simpatizar abiertamente con la causa política.

Las figuras que aparecen con más frecuencia son Nietzsche (en Jameson: p. ej., 114-17 —sobre las que, con escepticismo, Arac, 1983b— y en Daly: 100-01), y Freud (tal como funciona en el trabajo feminista, p. ej., Greene y Kahn, 1985a: 7; Daly: 246, “el recurso más enrevesado, padre Freud… podemos desenredar sus cuentos…”); pero las paradojas se encuentran por todas partes, por ejemplo, en el uso que Fetterley hace de Norman Mailer (“a la vez el escritor más sexista, es también el más liberador”, xviii, cf. 154-89).

4. Historia y Totalización

“A estas alturas debería quedar claro que no se gana nada al oponer un tema cosificado, la Historia, a otro, el Idioma, en un debate polémico sobre la prioridad final de uno sobre el otro”. (James: 100)

Dentro de este marco general, se pueden identificar temas para un mayor debate entre las perspectivas de deconstrucción y liberación. Lo más importante, me parece, es la historia. Las teologías feministas y de la liberación han trabajado en su mayor parte dentro del marco del paradigma histórico-crítico que ha dominado los estudios bíblicos (incluso el intento de Fiorenza, 100, 169, de enmarcar una perspectiva crítica sobre este paradigma, utilizando a Hayden White, me parece a medias -de corazón).

Pero lo que se implica políticamente en esta adopción del paradigma dominante; ¿Qué se importa junto con él? Precisamente aquí ha estado parte de la dificultad sobre la Biblia y la deconstrucción, pues esta última se dice ahistórica. Esta reputación parece inmerecida; la percepción deconstructiva no es tanto que el paradigma historicista hizo que la historia fuera demasiado central, sino que hizo suposiciones demasiado directas sobre lo que es la historia (cf. la discusión de Culler sobre Derrida en la historia, 128-30)

Jameson argumenta que la “historia” que la deconstrucción ha convertido en su objetivo particular es siempre la historia que ha sido “reificada”, establecida como una categoría privilegiada de análisis (100-02); su propia práctica muestra que una perspectiva deconstructiva no es la antítesis de su lema «¡Siempre historicen!» (9). También es Jameson quien mejor enfoca otro conjunto de temas que me parecen críticos; en torno a categorías como «totalización» (50-58) y «hermenéutica» (21-23). Insiste, en contra de la tendencia de la discusión deconstructiva, en que no se abandone la búsqueda de modelos de amplia generalidad, y que la cuestión del significado no se abandone a un pluralismo ilimitado de significados.

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