Elección y rechazo (Parte 15) – Estudio Bíblico

XV

Cuando la Iglesia, en los Cánones, por ejemplo, habla del decreto de Dios, no quiere decir que estemos ante una ley impersonal, de hierro, un fatum de determinación causal. Nunca podemos minimizar la soberanía de la elección de Dios por el uso imprudente de huma expresiones como “decreto”, “plan” o “destino”; al mismo tiempo debemos estar en guardia para no hablar de esta elección y rechazo de Dios de una manera que los Cánones describen como una caricatura.

Los peligros amenazan aquí desde ambos lados; por un lado, el grave peligro de no apreciar esa dimensión real del “antes” divino del que tan enfáticamente testimonia la Escritura; y por otro lado, el peligro de humanizar al Dios que decreta, elige y rechaza. No sin razón los reformadores han hablado repetidamente de los decretos de Dios como el Deus decernens. Eso no implicaba ninguna especulación, sino más bien una protesta contra la despersonalización y petrificación de los decretos de Dios. Implicaba una advertencia urgente contra abstraer el decreto de Dios de sí mismo.

Aunque el lenguaje del teólogo le pueda fallar, debe acatar esta advertencia. K. Schilder proporciona otro ejemplo cuando rechaza el concepto de “petrefacto inamovible”. Agrega que el decreto de Dios “ocurre cada momento de nuevo”, pero no distingue entre decreto y ejecución de ese decreto.64 No es difícil señalar la desigualdad e incluso las contradicciones en tales formulaciones,65 pero debemos discernir la intención en palabras tan vacilantes de contrarrestar toda abstracción y hacer entender que el punto en cuestión es el Dios vivo, eligiendo, el Deus decernens, quien nos revela Su soberanía y libertad en el poderoso “antes” de Su revelación, pero quien hace eso como el Dios que vino a nosotros precisamente en Su revelación.

Por eso Bavinck puede decir por un lado que no hay un antes y un después en Dios y al mismo tiempo advertir contra la historización del consejo de Dios en la identificación de los decretos de Dios con los hechos de la historia.66

Y el decreto de Dios nunca puede ser presentado para hacer que Dios sea reconocible en Su revelación. Debe ser justo al revés: sólo en y desde su revelación el hombre aprenderá a conocerlo, no en la petrificación de un concepto construido de Dios sino en la profundidad y riqueza de su majestad y gracia. “Yo sé que todo lo que Dios hace, será para siempre; nada se le puede poner, ni nada se le puede quitar; y Dios lo ha hecho para que los hombres teman delante de él” (Ecl. 3:14).

Ese no es un pasaje que encaje solo en un punto de vista determinista. Vuelve en el Nuevo Testamento como “en temor y temblor”. Pero uno conoce mal la Biblia si no comprende cómo este temor y temblor ante su rostro no es el terror ante un mysterium tremendum, sino el encontrar reposo en Aquel que es fiel y no abandona las obras de sus manos (cf. Eclesiastés 3:14 con Salmos 138:8).

Bavinck ha negado enfáticamente que una visión diferente del rechazo pueda explicarse por diferencias de personalidad, como si Pelagio, Castellón y Arminio fueran hombres más amables y compasivos que Agustín, Calvino y Gomaro. Se opone a este punto de vista diciendo que este último enfrentó la realidad directamente y «reconoció también en estos hechos conmovedores de la vida la voluntad y la mano del Señor».

El bien equilibrado Bavinck usa palabras como «tonterías y tonterías» cuando contrasta el pelagianismo con el calvinismo. Luego siguen estas palabras: “Él [el calvinismo] se niega a ser cegado, no desea entretener imaginaciones, acepta la seriedad de la vida en todas sus profundidades, defiende los derechos del Señor de los señores, y se inclina humildemente y en adoración ante la incomprensible voluntad soberana de Dios Todopoderoso.”67

Está claro lo que Bavinck quiere transmitir. Niega que el hombre pueda negar naturalmente el rechazo divino, y luego habla de la terrible realidad del pecado. No pretende dar solución sino consuelo, porque en todo lo que sucede podemos reconocer la voluntad y la mano de un Dios todopoderoso que es también Padre misericordioso. Por eso quiere, con Calvino, esperar el día en que se nos muestre la solución de todos los enigmas y misterios.68

Sin embargo, cuando llega a este punto, Bavinck plantea otras preguntas que tocan inmediatamente el rechazo. Reflexiona sobre la soberanía de Dios y cita una “dura declaración” de Agustín, a saber, que Dios no podía ser acusado aunque hubiera querido condenar a algunos inocentes, declaración de la que se puede decir que “algunos teólogos, también entre los reformados” han hablado con el mismo espíritu. Según Bavinck, “esta manera de hablar puede emplearse momentáneamente con alguien que piensa que puede acusar a Dios de injusticia”, pero “casi todos los teólogos reformados, siguiendo a Calvino, han rechazado enfáticamente tal dominium absolutum”.69

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