Elección y arbitrariedad (Parte 10) – Estudio Bíblico

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No sorprende que en la época de la Reforma la Iglesia Católica Romana criticara a menudo la doctrina reformada de la justificación y juzgara que inevitablemente conduciría al concepto de arbitrariedad en Dios. Sólo en una justificación analítica se desterraría la idea de arbitrariedad, porque entonces el juicio de Dios se haría según la situación fáctica de nosotros, renovada existencia.

La justificación forense, declarativa, imputativa, sin embargo, sería “arbitraria” porque Dios no puede llamar al negro blanco sin convertirse en un Dios arbitrario. Por lo tanto, la disputa sobre la arbitrariedad en Dios toca las cuestiones más profundas de la salvación.

Pero para Pablo los actos de Dios a lo largo de la historia de la salvación eliminan todo pensamiento de arbitrariedad; la arbitrariedad está descartada por la soberanía de Su elección. Esto es evidente en la historia de los patriarcas, que es una gran y poderosa ilustración de la verdad de que la Palabra de Dios no ha sido abandonada. No es sobre la base de las obras, sino sobre la base de ese hecho que Él llamó. La ley de la fe tiene su fundamento en la claridad de esta no arbitrariedad: “El que en él creyere, no será avergonzado” (Rom. 9:33).

Pero es posible que, aun entendiendo algo de esta no arbitrariedad en la elección, todavía se encuentre un problema en la relación entre el alfarero y el barro a la que se refiere Romanos 9. ¿No discernimos aquí la exousia divina, la determinación soberana de Dios? ¿Y dónde radica la diferencia entre esta determinación soberana y la arbitrariedad? Para encontrar una respuesta a esta pregunta, queremos recordar que el ejemplo del alfarero se emplea a menudo en las Escrituras.

Pablo no lo usa arbitrariamente cuando quiere indicar la soberanía y el poder inescrutables de Dios; ya encontramos este ejemplo con Jeremías que tuvo que bajar a la casa del alfarero que estaba trabajando con un trozo de barro. Cuando la pieza de trabajo se estropeó, el alfarero usó el barro para comenzar otra vasija “según le pareció bien al alfarero hacerlo” (Jeremías 18:2–4).

Cuando ese procedimiento se aplica a Jehová, ¿no adquiere Su acto el carácter de arbitrariedad? La respuesta a esta pregunta es que precisamente aquí se descarta por completo cualquier arbitrariedad por parte de Dios. Solo es necesario notar más la aplicación de la metáfora del alfarero: “Oh casa de Israel, ¿no puedo yo hacer con vosotros como este alfarero?” (Jeremías 18:6) Se debe prestar especial atención a este “no puedo yo”, esta habilidad de Dios, cuando Él actúa en un momento de esta manera, y en otro momento de esa manera. Quien piense aquí en la arbitrariedad, ha entendido mal el significado de este mensaje.

¿Qué es lo que Dios está haciendo en un momento u otro? No se dedica a actos y caprichos volubles y arbitrarios, sino a actos concretos inseparablemente conectados con las acciones de Israel. Él dice: “En qué instante hablaré acerca de una nación y acerca de un reino, para arrancarlo y para derribarlo y para destruirlo; si aquella nación de la cual he hablado se vuelve de su maldad, me arrepentiré del mal que pensé hacerles. Y en qué momento hablaré acerca de una nación, y acerca de un reino, para edificarlo y para plantarlo; si hicieren lo malo delante de mis ojos, y no oyeren mi voz, entonces me arrepentiré del bien con que dije que les beneficiaría” (Jeremías 18:7–10).

Es completamente imposible designar esto como arbitrariedad. Por el contrario, todos los actos de Dios descritos aquí están indisolublemente ligados a la conversión o la inconvertibilidad de su pueblo. Dios es el mismo en el momento en que se pronuncia que en el momento siguiente en que se arrepiente de sus palabras. La exclusión de toda arbitrariedad es clara en relación con la conversión y la inconvertibilidad.

En cada momento hay abundante majestad y soberanía en todos los actos de Dios; pero esta es la soberanía no de actos arbitrarios, sino de actos significativos y comprensibles, verdaderamente transparentes a la luz de Su revelación, dignos de confianza y no temibles. Las variaciones y transiciones en los actos de Dios no son arbitrarias, pues el hombre sabe cómo y por qué Dios actúa así y no de otra manera. La arbitrariedad sólo se encuentra en el hombre.

Cuando Dios tiene la intención de llevar a Judá al desastre, y Jeremías todavía está llamando a Judá al arrepentimiento (Jeremías 18:11), se enfrenta a la arbitrariedad de los hombres que dicen: “Es en vano; porque andaremos según nuestras propias ideas, y haremos cada uno conforme a la dureza de su malvado corazón” (Jer. 18:12).35 Llama la atención que aquí se haga mención a la dureza del corazón, frase usado tan a menudo cuando se piensa en la arbitrariedad en Dios.

Es bueno recordar que en Jeremías 18 la obstinación del corazón de los hombres se opone a la no arbitrariedad de Dios. En la arbitrariedad de la vida del hombre reside el terror de la vida, de una vida que no comprende que el camino de los actos divinos está todo claramente revelado de antemano, y por tanto sólo sirve para llamar al verdadero arrepentimiento.

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