El proceso metafórico (Parte 3) – Estudio Bíblico

III

En una teoría de la tensión, que aquí opongo a una teoría de la sustitución, surge una nueva significación que se ocupa del enunciado total. En este sentido, la metáfora es una creación instantánea, una innovación semántica que no tiene estatus en el lenguaje establecido y que existe sólo en la atribución de predicados inusuales.

Así la metáfora está más cerca de la resolución activa de un enigma que de la simple asociación por semejanza. Es la resolución de una disonancia semántica. No reconocemos la especificidad del fenómeno si sólo consideramos metáforas muertas que ya no son metáforas verdaderas, por ejemplo, el pie de una silla, o la pata de una mesa. Las verdaderas metáforas son metáforas de invención en las que una nueva extensión del significado de la palabra responde a una nueva discordancia en la oración. Es cierto que la metáfora de la invención tiende, por repetición, a convertirse en una metáfora muerta. Entonces, la extensión del significado se nota en el léxico y se convierte en parte de la polisemia de la palabra, que de ese modo simplemente se aumenta. Pero no hay metáforas vivas en el diccionario.

2.15 De este análisis se desprenden dos conclusiones que serán de gran importancia para la segunda y tercera partes de esta sección. Y estas dos conclusiones se oponen a los temas extraídos del modelo retórico. Primero, las verdaderas metáforas son intraducibles. Sólo las metáforas de sustitución son susceptibles de una traducción que restablezca el sentido propio. Las metáforas de tensión son intraducibles porque crean significado. Decir que son intraducibles no significa que no se puedan parafrasear, pero la paráfrasis es infinita y no agota la innovación en el sentido.

2.16 La segunda consecuencia es que la metáfora no es un adorno del discurso. La metáfora tiene más que un valor emocional. Incluye nueva información. En efecto, por medio de un “error de categoría”, nacen nuevos campos semánticos a partir de acercamientos novedosos. En resumen, la metáfora dice algo nuevo sobre la realidad.

Es esta última conclusión la que servirá de base para el segundo paso de esta sección, que estará dedicado a la función de referencia o poder denotativo de los enunciados metafóricos.

2.2 Metáfora y Realidad
Investigar la función referencial o denotativa de la metáfora es hacer valer una serie de hipótesis generales sobre el lenguaje que me gustaría exponer, aunque no puedo justificarlas aquí.

2.21 En primer lugar, debemos admitir que es posible distinguir en todo enunciado entre sentido y referencia. Esta distinción se la debemos a Frege, quien la postuló como lógico. Sinn es el contenido objetivo ideal de una proposición; Bedeutung es su pretensión de verdad. Mi hipótesis es que esta distinción interesa no sólo al lógico, sino que concierne al funcionamiento del discurso en toda su extensión. El significado es lo que dice un enunciado, la referencia es aquello sobre lo que lo dice. Lo que dice un enunciado es inmanente a él: es su disposición interna. Aquello de lo que trata es extralingüístico. Es lo real en la medida en que se expresa en el lenguaje; es lo que se dice del mundo.

La extensión de la distinción de Frege a la totalidad del discurso implica una concepción de la totalidad del lenguaje cercana a la de Humboldt y Cassirer, para quienes la función del lenguaje es articular nuestra experiencia del mundo, dar forma a esta experiencia. Esta hipótesis marca nuestra ruptura total con el estructuralismo donde el lenguaje funciona puramente interna o inmanentemente, donde un elemento se refiere solo a otro elemento del mismo sistema.

Esta visión es perfectamente legítima en la medida en que podamos tratar los hechos del habla y del discurso como homogéneos con los fenómenos del lenguaje y, en consecuencia, como diferentes sólo en la dimensión de las unidades en juego: fonemas, lexemas, oraciones, discurso, textos. , obras. Y en efecto ciertos discursos, ciertos textos, ciertas obras funcionan como un lenguaje, es decir, a partir de estructuras cerradas sobre sí mismas, como el juego de diferencias y oposiciones homólogas a las diferencias que el esquema fonológico presenta con una especie de cristalino pureza.

Pero esta homología no debe hacernos olvidar un rasgo fundamental del discurso, a saber, que el discurso se basa en una unidad de género completamente distinta de las unidades de lenguaje que son los signos. Esta unidad es la oración. Ahora bien, la oración tiene características que de ningún modo son una repetición de las del lenguaje.

Entre estas características es fundamental la diferencia entre referencia y significado. Si el lenguaje está cerrado sobre sí mismo, el discurso está abierto y vuelto hacia un mundo que quiere expresar y transmitir en el lenguaje. Si esta hipótesis general se sostiene y es significativa, el problema último que plantea la metáfora es saber en qué aspectos la transposición de sentido que la define contribuye a la articulación de la experiencia, a la formación del mundo.

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