El proceso metafórico (Parte 2) – Estudio Bíblico

II

Este es en efecto el primer descubrimiento de una semántica de la metáfora. La metáfora depende de la semántica de la oración antes que de la semántica de la palabra. La metáfora solo tiene sentido en una declaración; es un fenómeno de predicación.

Cuando un poeta habla de un “ángelus azul”, o de un “crepúsculo blanco” o de una “noche verde”, pone en tensión dos términos, que podemos llamar con I. A. Richards el tenor y el vehículo, y de los cuales sólo el el todo constituye la metáfora. En este sentido no debemos hablar de palabras usadas metafóricamente, sino de enunciados metafóricos. La metáfora procede de la tensión entre todos los términos en un enunciado metafórico.

2.12 Esta primera tesis implica una segunda. Si la metáfora concierne a las palabras sólo porque ocurre primero en el nivel de una oración completa, entonces el primer fenómeno no es la desviación del significado literal o propio de las palabras, sino el funcionamiento mismo de la predicación en el nivel de la declaración completa. Lo que hemos llamado tensión no es sólo algo que ocurre entre los dos términos del enunciado, sino entre las dos interpretaciones completas del enunciado. La estrategia del discurso mediante la cual el enunciado metafórico obtiene su significado es el absurdo.

Este absurdo se revela como un absurdo para una interpretación literal. El ángelus no es azul, si el azul es un color. Así, la metáfora no existe en sí misma, sino en una interpretación. La interpretación metafórica presupone una interpretación literal que se destruye. La interpretación metafórica consiste en transformar una contradicción repentina y contraproducente en una contradicción significativa. Es esta transformación la que impone a la palabra una especie de “giro”.

Nos vemos obligados a dar un nuevo significado a la palabra, una extensión de significado que le permita tener sentido donde una interpretación literal no tiene sentido. De modo que la metáfora aparece como respuesta a cierta inconsistencia del enunciado interpretado literalmente. Podríamos llamar a esta inconsistencia una «impertinencia semántica», para usar una expresión más flexible y completa que la de contradicción o absurdo.

Debido a que al usar sólo el valor léxico ordinario de las palabras sólo puedo dar sentido salvando el enunciado completo, hago que las palabras sufran una especie de trabajo de significado, un giro mediante el cual el enunciado metafórico obtiene su significado. Así podemos decir que la metáfora, considerada sólo como sus palabras, consiste en un cambio de sentido.

Pero el efecto de este desplazamiento es reducir otro desplazamiento al nivel de todo el enunciado, este desplazamiento que acabamos de llamar impertinencia semántica, y que consiste en la inadecuación mutua de los términos cuando se interpretan literalmente.

2.13 Ahora es posible volver al tercer tema de la concepción retórica de la metáfora, el papel de la semejanza. Esto ha sido muy a menudo malinterpretado. Se ha reducido al papel de las imágenes en el discurso poético. Para muchos críticos literarios, especialmente entre los antiguos, estudiar las metáforas de un autor es estudiar la nomenclatura de las imágenes que ilustran sus ideas.

Pero si la metáfora no consiste en vestir una idea con una imagen, si consiste más bien en la reducción del choque entre dos ideas incompatibles, es en esta reducción del desplazamiento, en este acercamiento, donde debemos buscar el juego de semejanza. Lo que está en juego en un enunciado metafórico es hacer aparecer un “parentesco” donde la visión ordinaria no percibe ninguna adecuación mutua en absoluto. Aquí la metáfora opera de una manera muy cercana a lo que Gilbert Ryle ha llamado un «error de categoría».

Es un error calculado. Consiste en asimilar cosas que no van juntas. Pero precisamente por medio de este error calculado, la metáfora revela una relación de significado hasta ahora inadvertida entre términos a los que las clasificaciones anteriores les impedían comunicarse. Cuando el poeta dice que “el tiempo es un mendigo”, nos enseña a “ver como si…”, a ver el tiempo como o como un mendigo.

Dos clases categóricas hasta entonces distantes se acercan de repente. Acercar lo que estaba “lejano” es obra de la semejanza. Aristóteles, en este sentido, tenía razón cuando decía que “hacer buenas metáforas es percibir semejanzas”. Pero este ver es al mismo tiempo una construcción: las buenas metáforas son las que instituyen una semejanza más que las que simplemente la registran.

2.14 De esta descripción del trabajo de la semejanza en un enunciado metafórico resulta otra oposición a la concepción puramente retórica de la metáfora. Para la retórica, recordará, el tropo era una simple sustitución de una palabra por otra. Ahora bien, la sustitución es una operación estéril, pero en la metáfora, por el contrario, la tensión entre las palabras y especialmente la tensión entre dos interpretaciones, una literal y otra metafórica, en toda la oración, da lugar a una verdadera creación de sentido de la que la retórica percibía sólo el resultado final.

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