El proceso metafórico (Parte 10) – Estudio Bíblico

X

 Esta convicción es también mía, hasta cierto punto. También di por sentado en la primera parte de esta sección que la narración representa metafóricamente la experiencia poética que llega al lenguaje.
Pero, si esta convicción fue capaz de invertir el orden de prioridad entre las dos cuestiones planteadas en 2.0, esto no nos permite o cancelar la otra pregunta: ¿cómo sabemos que una parábola es una parábola y no meramente una narración? Esta pregunta ya no puede negarse, una vez que existe un análisis estructural independiente del enfoque poético.

Por supuesto, podemos decidir no comenzar nunca un análisis estructural para evitar problemas con las cuestiones relativas a la transición de «sentido» a «referencia». Pero el estado actual del problema ya no nos permite eludir esta dificultad. La única regla que puede ayudarnos a no quedar atrapados en el callejón sin salida estructural es plantear esta cuestión como la contrapartida de la que discutimos en la primera parte. ¿Cómo funciona la referencia simbólica a través de la estructura narrativa?

La nueva pregunta será entonces esta: ¿Qué pistas proporciona la narración para la comprensión de su referente de manera metafórica? Mi principal hipótesis es que las pistas internas proporcionadas por una narración aislada son demasiado implícitas y elusivas para ser notadas junto a la interferencia de las pistas más importantes dadas por el contexto. Sin embargo, iré lo más lejos posible con la búsqueda de los «signos de metaforicidad» de una sola narración (2.42) antes de considerar las «pistas contextuales» (2.43–2.46).

2.42 Los signos de metaforicidad que da una narración única, si los hay, no han de encontrarse en otro lugar que en la trama (en el sentido de Via), en el desafío que esta trama depara a los personajes principales, y en la respuesta a estos personajes a la situación de crisis. El enfoque dramático, mejor que el enfoque puramente formalista del estructuralismo, proporciona una base adecuada para el proceso metafórico. Esta base es la estructura dramática de la narración, es decir, la trama.

La “trama” no es, como las formas y los códigos de los seguidores de Propp, una estructura subyacente que hace inesencial la historia contada, como un mero epifenómeno de los códigos mismos; la trama es la estructura misma de la narración. La estructura dramática es el dinamismo de la narración y, en ese sentido, es homogénea a ella. Como ha demostrado convincentemente Jeremías, si el Reino de Dios es como algo, no es como el hombre que…, la mujer que…, la levadura que…, la perla que…, sino que el Reino es como lo que sucede en la historia. El Reino de Dios no es como quien, sino como cuando.

En otras palabras, es la “trama” como tal la portadora del proceso metafórico. Más precisamente, el proceso metafórico parte de aquellos rasgos de la trama que hacen que la parábola sea trágica o cómica, a saber, el movimiento «hacia abajo» o «hacia arriba» desde la crisis hasta el desenlace. De ese modo, las transparencias existenciales que luego se puedan defender tienen que estar enraizadas en la propia estructura dramática.

Es esta estructura dramática la que significa que la existencia puede “perderse” o “ganarse”. La existencia, por así decirlo, tiene que ser redescrita de acuerdo con los movimientos básicos de la trama. Si esto es cierto, un análisis estructural de la estructura profunda no sirve de nada mientras no proporcione una mejor comprensión de la crisis en la estructura superficial.

Una vez más (cf. la discusión en el Capítulo 1), el camino de regreso de la estructura profunda a la estructura superficial es el único paso decisivo para una hermenéutica de las parábolas.
Pero incluso si esta condición se cumple, la pregunta permanece: ¿qué nos obliga a tomar «trama», «crisis», «desafío» y «respuesta» dentro de la narración como una referencia a alguna estructura similar de la experiencia humana fuera de la narración?

La respuesta de Crossan fue que estamos motivados para hacerlo por la «normalidad» de la historia. Si esta normalidad no fuera simbólica, dijo, la narración de la historia no tendría sentido. Como asumimos que no es inútil —quizás porque escuchamos la advertencia: “¡los que tienen oídos, oigan!”— buscamos una interpretación que tenga sentido.

Seguramente hay mucho de verdad en esta respuesta. El modo de discurso de la parábola se convierte en un caso de eufemismo —significar lo máximo por decir lo mínimo— o mejor, de ironía. La parábola debe interpretarse metafóricamente porque pretende ser simple y trivial.
Pero, una vez más, ¿cómo sabemos que alguien está hablando con ironía si no nos da más pistas de su doble discurso?

Permítanme sugerir otra hipótesis que, de hecho, no es contraria sino complementaria a la anterior. (Desafortunadamente, no puedo desarrollarlo a fondo porque implica una interpretación del símbolo “Reino de Dios” que vincula varios modos de discurso [declaratorio, proverbial y parabólico]). Mi sugerencia es que el rasgo que nos invita a transgredir el estructuras narrativas es lo mismo que especifica la parábola como un tipo de discurso “religioso” “poético”.

Publicada el
Categorizado como Estudios