El nacimiento de un comienzo: Juan 1:1–18 (Parte 2) – Estudio Bíblico

II

Sin duda, los paralelos de la historia de la religión y el método comparativo pueden servir como ayudas heurísticas en la interpretación. Pero con demasiada frecuencia, paradigmas como la Sabiduría o el anterior mito gnóstico del redentor (Colpe; Johnson: 91-126) se desarrollaron en síntesis, en reconstrucciones tic cobrando vida propia que nunca disfrutaron en la historia religiosa real. Incluso si se concede que existió un mito de Sabiduría identificable, el prólogo todavía no está a la altura en todos sus aspectos. El testimonio del bautizador, la yuxtaposición contradictoria de la carne y la gloria, el contraste entre Cristo y Moisés, y el tema de la visibilidad frente a la invisibilidad de Dios no son reconocibles como características distintivas de la Sabiduría. Lo que parece ser necesario, por lo tanto, es una determinación no solo del paradigma adoptado por John, sino del uso que se hace de él, un proceso que inevitablemente conlleva transformaciones (Kee: 99-125).

El recurso comparativo a los modelos de la historia de la religión también puede evitar que hagamos preguntas más inquisitivas. Si el comienzo de Juan está tan profundamente informado por la Sabiduría como muchos intérpretes se inclinan a sugerir, ¿por qué ni sophia («sabiduría») ni sophos («hombre sabio») aparecen en el prólogo o en la narración del evangelio? Si se asume que Jesús no puede identificarse con la sophia femenina, debe señalarse que tanto Q (Mateo 11:19b/Lucas 7:35) como Pablo (1 Corintios 2:24) estaban haciendo precisamente eso.

La existencia misma de las características de la Sabiduría en el prólogo obliga a preguntarse por qué el Jesús de Juan se presenta como Logos y no como Sophia. La referencia a la intercambiabilidad de sophia con Logos en el judaísmo helenístico, y a la transferencia de Philo de los atributos de sophia sobre el logos (Mack: 96-107, 141-54) no es más que otro recurso a la historia de las ideas religiosas que deja la pregunta básica sin respuesta. ¿Por qué el prólogo johanino percibe a Jesús entrando en las tinieblas del mundo no como Sabiduría, sino como Logos?

Confiar en la Sabiduría como modelo explicativo es contentarnos con respuestas superficiales y sostener nuestra creencia en el comienzo del Logos como un lugar común teológico. El recurso a un modelo intelectual análogo apenas hace justicia a las cuestiones históricas y filosóficas planteadas por la génesis del arco logocéntrico. Aquí, como en otros lugares, nos hemos satisfecho prematuramente con los resultados obtenidos por el método comparativo, resultados tan eminentemente plausibles como para distraernos de una genuina interrogatorio crítico.

Porque en la historia de las ideas poco se entiende genuinamente apelando a influencias externas sobre un texto. “Para que una ‘influencia’ de conceptos extraños sea absorbida, previamente debe haber surgido una situación dentro de la cual estos conceptos podrían ser recibidos como una ayuda para la expresión de un problema ya presente” (Pannenberg: 153). De hecho, la apropiación de una cristología del Logos de manera completamente independiente parece aún más improbable en vista de la reciente demostración de Martyn del compromiso narrativo de Juan y su respuesta a su situación contemporánea.

¿Qué había en la tradición de la que surgió el evangelio que inspiró al evangelista a postular el comienzo de Jesús como Logos en archē?

En términos filosóficos, posmodernos, la apoteosis del Logos significa el gesto logocéntrico por excelencia (Derrida, 1976, 1978, 1981). Instalado en posición privilegiada, el Logos se presenta como estabilidad fundante, fuerza fuera del tiempo y anterior al mundo. Constituye la transparencia y la trascendencia en plena gala. Al elevar así a Jesús a la posición de significado trascendental, el prólogo ha logrado lo que la posmodernidad más teme del logocentrismo: una inmovilidad fundamental que busca detener el flujo de la vida y ocultar las permutaciones y transformaciones que dan nacimiento a todos los elementos, incluido el de el Logos mismo. Mundo y lenguaje se reducen al punto de referencia primordial que delimita el juego y consuma el deseo. Visto desde este ángulo, el Logos demuestra ser un hijo de la arqueología del espíritu humano que siempre coloca un arché (así como un telos) por encima del flujo del discurso.

La polémica posmoderna hacia el logocentrismo tiene la mínima ventaja de enseñarnos que el mito de la Sabiduría difícilmente agota la forma en que podemos pensar el Logos. Este Logos trascendental que actúa como referente preexistente, que no se somete a ningún tribunal externo, y que no toca a nadie más que a sí mismo en la Divinidad y con la Divinidad en sí mismo… este Logos reclama privilegios absolutos de autoridad. Precisamente porque la erudición lo ha encerrado con seguridad en el mito de Wisdom y lo ha hecho parecer tan natural, tan inocente, merece un examen más detenido.

Precisamente porque el prólogo de Juan planteó la cuestión del comienzo hasta sus límites exteriores trascendentales, merece un examen crítico.

Todos los escritos se esfuerzan por constituir autoridad para sí mismos y para sus lectores, y una de las funciones principales de un comienzo escrito es instalar autoridad “permitiendo que se exponga de la manera más clara y detallada posible” (Dicho: 16) .

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