Discurso directo y en tercera persona en el relato de la “caída” (Parte 6) – Estudio Bíblico

VI

2.93 Aquí el narrador la retrata pensando no en la primera persona más directa, «Deseo que me haga sabio», sino en la tercera persona que embota y desvía el egocentrismo de la declaración en primera persona. (La forma hiphil de שכל aquí hace posible la elisión de la referencia pronominal, que significa literalmente, causar sabiduría o hacer [uno] sabio.)

Esto indica la división interna que ahora ha entrado en su pensamiento. Y lo que es más importante, el deseo inadmisible de semejanza a Dios se oculta cuidadosamente detrás del deseo admisible de «sabiduría», estableciendo así una división en su conciencia entre lo que puede articular para sí misma como sus deseos y lo que no puede. La serpiente dice: “Seréis como Dios”, pero ella piensa que es “de desear hacerse sabio”. Pero aquí el deseo de sabiduría está radiante de ambigüedad, ya que encubre el pensamiento inadmisible: “Quiero ser como Dios”.

2.94 La decisión que sigue parece perfectamente lógica, pero refleja un cambio en el modo de existencia subjetiva. Ahora el deseo individual se ha convertido en la fuerza detrás de la acción de la mujer en lugar del poder ilocutivo de la palabra de Yahweh/Elohim. Además, hay una división en su propia conciencia entre deseos admisibles e inadmisibles que es la condición previa para la vergüenza.

Antes era un sujeto que existía fundamentalmente en ya través de una relación de discurso con otro sujeto, pero ahora entra en un modo objetivo de subjetividad en el que existe en términos de atributos censurados que predica de sí misma como la realización del deseo. Así surge un yo complejo y dividido. El narrador la presenta ahora pensando en sí misma en los términos impersonales de la tercera persona.

Su yo hablante se convierte en la no-persona oculta detrás del habla en tercera persona, lo que le permite eludir el pensamiento de su identidad relacional primaria formada por la prohibición y las consecuencias de la violación de esa identidad. De esta manera, el narrador puede presentarla eligiendo la nueva identidad sin rechazar la anterior. Se convierte en transgresora, pero no en villana, ya que su división interna dará lugar a la vergüenza cuando su acción sea conocida por aquellos con quienes está ligada en una relación primaria.

3.0 Los dos mundos del discurso interactúan en el eje humano a través de la acción y la reacción
Este proceso aparentemente silencioso se completa cuando el narrador describe lacónicamente cómo la mujer le dio a su «esposo» parte de la fruta y cómo él la tomó (sin dudarlo) y se la comió. Aquí, la mujer y el hombre finalmente se representan interactuando entre sí por primera vez. Todavía no se ha representado a la mujer hablando con Adán, ni a Adán hablando directamente con la mujer.

Sin embargo, ambos se involucran en una acción de importancia absolutamente crucial en completo silencio. La esposa no ofrece persuasión ni Adán busca sus razones. El silencio en un punto tan crítico no puede carecer de significado en una narrativa que habitualmente otorga tanta importancia al diálogo y al discurso directo.

El silencio de Adán aquí indica que reconoce y acepta tácitamente las razones privadas de la mujer para su acción; al aceptar así el derecho de la mujer a ocultarle una parte de sí misma, también se reserva el derecho a ocultar sus razones para aceptar el fruto. Entra así con su mujer en un estado de división interior. El acto está cargado de significados que no se pueden expresar porque contradicen los términos de conciencia del hombre y la mujer que se basaron en la prohibición.

3.1 A continuación se describe el efecto de esta acción sobre la conciencia de los personajes. Acciones cuyo significado no puede ser articulado por los actores ejercen un efecto sobre la conciencia que debe ser expresado luego por el narrador en tercera persona. Esto toma la forma de una nueva experiencia de la vista. Así como la mujer vio el árbol de manera diferente una vez que se separó de la conciencia moldeada por la prohibición, ahora se ven entre sí bajo una nueva luz.

Pero lo que “ven” es a la otra parte como diferente. El deseo narcisista interno de semejanza a Dios que no puede expresarse ni siquiera admitirse en la conciencia, constituye un sentido de diferencia. Experimentar la diferencia en un mundo impulsado por un deseo narcisista de semejanza hace de la diferencia una fuente de vergüenza y requiere que esta diferencia se oculte.

Esta vergüenza por la división interior viene a asociarse entonces a las diferencias sexuales, lo que las diferencia exteriormente. Una división simbólica del cuerpo en áreas reveladas y ocultas corresponde así a la división interna entre lo que puede y no puede ser pensado (o dicho). El ocultamiento interior da lugar espontáneamente al ocultamiento exterior.

4.0 Los dos mundos interactúan en el eje divino-humano a través del diálogo

La narración ha producido ahora dos reinos alienados de relación y sólo el narrador tiene acceso a ambos. Han sucedido cosas que están escondidas de Yahweh/Elohim. Cuando el sujeto humano transgrede, esa transgresión debe ocultarse al sujeto divino. La línea del discurso abierto y directo se rompe así y Dios ya no puede hablar directamente a Adán sin mediación como en 2:16, 17. Dios y los humanos entonces se vuelven objetos externos el uno para el otro.

Publicada el
Categorizado como Estudios